domingo, 4 de junio de 2017

La crecida

Algún día escribiré sobre cuando el cielo oscureció,
narraré cómo gota a gota todo se empapó y se difuminó.
Contaré cómo tus cartas de auxilio se perdieron en el oleaje.
Ese día podría salir cualquier cosa, todo lo que no ha venido antes.
No entendimos la eterna paz que vaticinaba la llegada de la tormenta
y de la imparable crecida que nos arrastró mar adentro,
junto a otros escombros, como si fuéramos sedimentos.
Todo quedó azul, perdido bajo del susurro de las cumbres borrascosas.
Por ahí asoma la torre del campanario, sola, como único testigo
de que fuimos llevados hacia dentro, hacia el azul, hacia el silencio.
Justo así: de la nada, al todo.
En unos minutos, en unos meses, en unos años.
Da igual.
Esto ya ha pasado.

Chop, chop, chop.

Algún día escribiré.
Algún día escribiré sobre todo esto.


lunes, 7 de noviembre de 2016

El Arquitecto

Aquella noche no durmió, le sobrecogía un lugar imaginario que lo rodeaba. Un lugar que para muchos podría ser un desierto, pero que para el arquitecto simplemente era un espacio. Allí se plantaba, en la más absoluta soledad, y veía las bóvedas, muros y columnas que emanaban un profundo sentimiento de extrañamiento. El arquitecto exploraba la edificación, y a cada paso que daba, a cada cámara que entraba, sentía arrebatos de escalofríos. Estaba atónito: sabía muy bien donde estaba, ya que ese lugar le era bien familiar desde pequeño, cuando por primera se lo había imaginado. Pero ahora era diferente, ahora la construcción estaba sólida; el desierto se había convertido en un espacio, y el espacio se había convertido en la construcción que tanto tiempo había planeado. 

El arquitecto cerró los ojos y recordó los años que había durado la construcción ¿Cuánto tiempo, exactamente, se había dedicado a ello? ¿Cuántas personas fueron necesarias para completar la obra? No tenía respuesta precisa para ninguna de esas preguntas, ni siquiera fue capaz de acordarse claramente de alguno de los silenciosos operarios que habían trabajado en su idea. Como una estrella distante, durante la construcción el arquitecto solo podía esperar mientras sus pensamientos poco a poco se materializaban, bajo el inevitable vértigo que trae la posibilidad de que el resultado decepcionara sus propias expectativas. Durante ese periodo, su única compañía había sido el espacio, y la geometría, y sus propios miedos.

Pero el arquitecto paseaba pletórico porque, detalle por detalle, el edificio que había ideado había sido materializado a la perfección: desde la suave ventilación proveniente de los respiraderos de la cara norte, hasta la propia textura áspera de los muros. Esta perfección, esta coincidencia extrañísima entre idea y resultado, hizo que deambulara bajo una sensación de un deja vu que no cesa. Tal era así, que no se sentía solo porque, de alguna forma u otra, le acompañaban, al mismo tiempo, todas sus versiones pasadas que habían soñado exactamente con aquella obra. Desde aquel niño que había imaginado por primera vez un espacio, hasta el mismo arquitecto que se veía a sí mismo reflejado sobre los muros como si estuvieran revestidos por espejos. Sus más profundos sueños se habían hecho realidad, y el castillo mental ahora se alzaba sobre un espacio que, para muchos, antes era un desierto.

Al llegar el alba, con mucho sueño pero con más satisfacción, el arquitecto abandonó la construcción no sin antes echar atrás un último vistazo, un último recuerdo. Cuando aquella maravilla sea habitada y esté en funcionamiento, esa construcción que momentos antes había sido un espejo de la existencia del propio arquitecto, esa obra que le había demostrado que el tiempo era líquido, desaparecerá y se convertirá en otra cosa, ya que básicamente dejará de ser suya y pasará a ser de los demás. Al acostarse en la cama, el arquitecto pensó en ello no sin sentir cierta nostalgia. Finalmente, apagó el velador y cerró los ojos con la ilusión de poder volver a soñar, tal vez, con otro espacio que merezca ser construido.



miércoles, 11 de mayo de 2016

El Ayala

Un día llegué a la taberna y estaba el Ayala ahí. En la esquina de la barra, justo al lado de la caja registradora. Un hombre menudo, con pelo enrulado que bien podría parecerse a cualquiera de la mafia italiana de los cincuenta de no ser por sus marcados rasgos castellanos, completamente erosionados por el clima duro y una vida seca. El Ayala volvía a la Taberna después de haber pasado cuatro años en prisión. Cuatro años sin pisar el bar de sus amores.

Bebía, como de costumbre, una litrona de cerveza sin ningún vaso de por medio. Yo entraba allí a trabajar a las ocho y él salía a las nueve. En ese tiempo le alcanzaba para tomarse sus dos litros de birra, más los que habría llevado de antes, claro. A pesar de tener un taburete a su lado, nunca se sentaba. A pesar de tener gente a su alrededor, rara vez hablaba con otros clientes. A pesar de tener la caja registradora en frente, nunca se había fijado en aquel dinero. El Ayala se limitaba, entre sorbo y sorbo, a mirar la escena de la Taberna con el ojo derecho, cuyo párpado inferior permanece levemente caído a causa de una operación de melanoma. Cuando afuera pasaba la patrulla policial, desde su sitio resoplaba para después soltar una maldición hacia quienes fueron sus encarceladores. El Ayala, a veces, bromeaba con mi jefe metiéndose con el Real Madrid; otras veces, bromeaba conmigo diciendo que me tumbaría bebiendo. El Ayala, con frecuencia, se preguntaba si era, una vez más, la persona más vieja que había en el bar.

Al principio, le trataba con todo el respeto que merece un ex-presidiario por parte de un camarero novato como era yo, pero no tardé en llevarme bien con él e interesarme por su historia. Un día le pregunté a mi jefe por qué estuvo cuatro años en prisión. Mi jefe me contó que no solo había pasado cuatro años en la cárcel, sino que de los 57 años que tenía, el Ayala habría estado como 19 entre rejas.

- Pero ¿Por qué?

- Por tonterías. El pobre es un marginado.

El Ayala mientras bebía observaba, pero también recordaba. Cuatro años atrás, mientras caminaba por la calle, cuatro policías locales le rodearon, lo arrinconaron y empezaron a meterse con él. El Ayala, siempre con más orgullo que con cabeza, le retó a uno de ellos a quitarse la porra y la pistola para enfrentarse contra él si tenía huevos.

- ¿Acaso es una amenaza Ayala? ¿Te crees que un mierda como tú puede hacerme daño?

El Ayala asestó entonces un puñetazo que sirvió para tumbar al agente, pero que poco sirvió para la posterior paliza que recibió por parte de los otros tres. El doloroso preámbulo a otros cuatro años más entre rejas.

- Lo volvería a hacer.- me contaba sin dudarlo.

- Eres un tipo duro, Ayala.

- Duro no, pero a mí nadie me toca así los cojones.

Hoy en día, cada vez que entro a trabajar, sigo viendo al Ayala solo en su sitio, con la misma expresión, la misma mirada erosionada, disfrutando siempre de su litro de cerveza como si fuera el último. Se marcha de la Taberna, con ligera prisa, cada día a las nueve de la noche. Lo espera su hermana en casa con la cena servida. Ella le marca los horarios y, aunque él diga lo contrario, lo mantiene bien a ralla para que no se vuelva a meter otra vez en ningún lío. El Ayala, a pesar de bromear y de hablar bastante conmigo, nunca se despide al cerrar la puerta. A veces, afuera, no muy lejos del bar, los mismos cuatro policías le esperan en la calle. El Ayala cuando los ve no traga saliva. Sabe que es un marginado. No teme a otros cuatro años de prisión.

martes, 26 de abril de 2016

Manifiesto cyberpunk

No sé. Quizás esto se haya vuelto anacrónico.

Blogger fue fundada hace dieciocho años. Comprada en 2003 por google, tuvo su apogeo hace diez. Este blog fue fundado hace casi siete años. Comparando los tiempos con el avance exponencial de la tecnología, dieciocho, diez o siete años es una eternidad. Sin ir más lejos, los smartphones se han generalizado desde hace más o menos ocho años, y las tablets, la herramienta favorita de todos los niños, fueron creadas hace cinco.Y ahora... 

¿Y ahora? 

Ahora me despierto, me tomo un café cada mañana, voy a la universidad, estudio, trabajo en un bar y salgo de fiesta cada finde. Lo que podría haber hecho cualquier estudiante hace diez, quince o cien años. Quiero decir, las tendencias tecnológicas, que son las que hoy nos facilitan nuevas formas y formatos avanzan notablemente más rápido que las personas que creamos contenido para estos. Son muy pocos los que pueden seguir el ritmo exponencial que marcan los avances científicos. La literatura se queda atrás, como arte y como industria. Los creadores, por nuestra parte, seguimos escribiendo y produciendo lo mismo. Los mismos cuatro versos casposos o los mismos párrafos sobresaturados por adjetivos calificativos. Por su parte, la endeudada industria se arriesga cada vez menos en nuevos talentos, y normalmente optan por ir a lo seguro, que no es otro que el éxito pasado. Todo por no hablar de la continua producción de un formato físico que, aunque guste el papel a todo el mundo, se está quedando caro y obsoleto. No son muchas las editoriales y librerías que sobreviven en estos tiempos de transición hacia lo digital.Y todo porque ni creadores ni industria estamos a la altura, en gran parte porque no sabemos exactamente hacia donde vamos. Es un tiempo de puro cambio donde parece que se salvan, a nivel creativo y económico, los que mejor se adaptan; ahora mismo, aquellos que generan contenido transmedia, la escapatoria más creativa que actualmente podemos encontrar. Blogger en su día fue una preciosa herramienta que nos permitía a todo el mundo poder difundir nuestros escritos a escala global sin necesidad de una industria. También, sirvió como lanzadera para algunos que realmente han sabido sacarle partido y han podido convertirse en grandes creadores o comunicadores.

Pero ¿Y ahora?


Ahora la mayoría de redes sociales poseen una herramienta de blog, es decir, un espacio destinado a difundir un texto de mayor o menor extención. Blogger, de repente, deja de ser algo necesario. Blogger, de repente, es vintage. Y es por eso que después de solo siete años me siento a escribir sobre un formato que considero obsoleto. Sin embargo creo que esta polvorienta herramienta guarda aún un par de cartuchos para disparar. 

Escribo en este blog porque ahora mismo me sirve.

En este mundo tan cambiante, donde nosotros cambiamos tan poco, invito a todo aquel creador y comunicador que pueda leer esto a probar creativa y comunicativamente hablando nuevas cosas. Que no tenga miedo a los nuevos formatos, a las imagenes, vídeos, gráficos, interacción... Invito, sobretodo, a que se diviertan con la enorme cantidad de herramientas que hoy en día tenemos. Porque, aunque geográficamente el mundo ya está explorado, creativamente aún no se han encontrado los límites en la comunicación digital. Somos pioneros. 

José Luis Cordeiro, licenciado en el MIT y fundador de la Singularity University, institución financiada por la NASA y Google (la misma que legítimamente posee el blog que leéis) vaticinaba en esta entrevista la aparición de la telepatía y la transmisión directa de información digital al cerebro para el año 2029. Quizás esto suceda o no, pero personalmente me divierte pensar en estas cosas. El otro día llegué a la conclusión de que si esto ocurriera estaríamos ante el fin del lenguaje, de las palabras y de la literatura tal y como hoy la conocemos. Por eso insisto, e invito a que aprovechemos este maravilloso desconocimiento, y a que fallemos si tenemos que fallar. Sí en 2029 llega la telepatía y formas más eficaces para transmitir información y emociones, el presente texto (y todo texto en sí) sí que sería vintage de verdad, pero, mientras tanto, no podemos cruzar los brazos y seguir haciendo lo mismo.

Salgamos de los cuatro versos. 
Quememos los libros. 
Salvemos la literatura.

miércoles, 13 de enero de 2016

Sexto hombre

El sexto hombre de un equipo de NBA es aquel que está sentado con los otros reservas en el momento en el que se inicia el partido. Sin embargo, el sexto hombre jamás es un suplente más a pesar de ser la sexta persona en una plantilla donde solo son cinco los titulares. El sexto hombre suele aparecer en el minuto cinco, y por lo general tiende a estar sus 20-25 minutos en la cancha. Aparece cuando es menester sorprender, porque de esta manera se hace más daño al rival que cuando simplemente está y le esperan. El sexto hombre sale corriendo al parquet y sabes que está ahí porque el público aplaude. Entra cuando el otro equipo está cansado; su llegada es un mensaje implícito del entrenador: Es momento para atacar. Porque el sexto hombre es lo suficientemente egoísta como para jugarse él solito todos los triples que haga falta, aunque falle la mayoría, pero lo suficientemente habilidoso y, sobretodo, fogoso como para meter la canasta decisiva en el partido que a éste le dé la real gana.

En cuestiones de roles, el sexto hombre nunca es la estrella del equipo, ni siquiera suele ser su flamante escudero, sin embargo es el principal motivo que lleva al entrenador rival a sacar a la pista a su suplente más defensivo. Porque el sexto hombre está loco o, al menos, el buen sexto hombre está loco, y la locura suele ser, como en la mayoría de los ámbitos de la vida, algo muy difícil de defender. En algunos casos, es el propio sexto hombre quien prefiere quedarse con el rol de sexto hombre y no de estrella o de titular indiscutible, ya sea por humildad o locura, porque la mayoría de sextos hombres bien podrían ser titulares en la mayoría de equipos de la NBA. Una cuestión de particular interés, que bien puede explicar esto último, es que el sexto hombre trasciende sobre los esquemas y no entiende de posiciones. Simplemente juega donde el entrenador le diga, aunque en la mayoría de las fases del partido sorprenda por donde le apetezca. El sexto hombre es la variable que rompe la constante. Es vital en un buen sexto hombre un punto de rebeldía, que lo convierten en una pieza idolatrada por el público, entregado, normalmente, por su carisma de anti-héroe incomprendido.

El sexto hombre es así porque aparca el cerebro para jugar con el corazón. El sexto hombre, a veces, vale más que los cinco que salieron de entrada.

Pero, por encima de todo, el sexto hombre es paciente porque sabe que, aunque no sea ni estrella ni titular siquiera, en algún momento le tocará levantarse del banquillo y sacar su alegría a la cancha.