martes, 31 de diciembre de 2019

Primavera

El frío de diciembre,
el amanecer de mañana,
son las aguas de marzo;
el sol de agosto.

Siempre es hoy.

Y siempre podremos.

Abrazar al cielo,
besar lo imposible.




lunes, 8 de enero de 2018

Invierno

Hay que saber distinguir la realidad de la ficción,
y más cuando no hay otra luz que la del sol de amanecer.
Con el soplido del viento del norte llegan susurros que cuentan historias,
que de noche rompen glaciares, y que te abrazan gélidamente en la penumbra.
Es un frío que calienta y que te hace despertar cuando aún no ha amanecido.
Y al salir a la oscuridad, sin saber si has dormido, llega esa sensación
de haberte perdido algo, o de haber abandonado a alguien que nunca has conocido.
Es fácil escaparse de este frío, pero no de la nostalgia que lo acompaña.

Hay que saber distinguir el plagio de la inspiración
y entender que madurar no es hacer una maleta y subirte a un avión.
El desarraigo no es algo que tenga solución, pero esa realidad a mí no me sirve.
Tampoco, refugiarme entre otras piernas y sobre otras camas,
porque me voy, y de dónde me voy, dejo algo de calor
para volver al frío, al viento, del que en realidad nunca me he ido.

Hay que saber distinguir la certeza de la ilusión
pero de esto poco o nada puedo transmitir,
porque es invierno y del frío invierno no se sobrevive sin otra luz que la del sol de amanecer.
Así que espero que, eventualmente, se imponga el perdón

desde el norte
porque es preciso perdurar,
te abraza el viento
porque es preciso perdonar.

domingo, 4 de junio de 2017

La crecida

Algún día escribiré sobre cuando el cielo oscureció,
narraré cómo gota a gota todo se empapó y se difuminó.
Contaré cómo tus cartas de auxilio se perdieron en el oleaje.
Ese día podría salir cualquier cosa, todo lo que no ha venido antes.
No entendimos la eterna paz que vaticinaba la llegada de la tormenta
y de la imparable crecida que nos arrastró mar adentro,
junto a otros escombros, como si fuéramos sedimentos.
Todo quedó azul, perdido bajo del susurro de las cumbres borrascosas.
Por ahí asoma la torre del campanario, sola, como único testigo
de que fuimos llevados hacia dentro, hacia el azul, hacia el silencio.
Justo así: de la nada, al todo.
En unos minutos, en unos meses, en unos años.
Da igual.
Esto ya ha pasado.

Chop, chop, chop.

Algún día escribiré.
Algún día escribiré sobre todo esto.


lunes, 7 de noviembre de 2016

El Arquitecto

Aquella noche no durmió, le sobrecogía un lugar imaginario que lo rodeaba. Un lugar que para muchos podría ser un desierto, pero que para el arquitecto simplemente era un espacio. Allí se plantaba, en la más absoluta soledad, y veía las bóvedas, muros y columnas que emanaban un profundo sentimiento de extrañamiento. El arquitecto exploraba la edificación, y a cada paso que daba, a cada cámara que entraba, sentía arrebatos de escalofríos. Estaba atónito: sabía muy bien donde estaba, ya que ese lugar le era bien familiar desde pequeño, cuando por primera se lo había imaginado. Pero ahora era diferente, ahora la construcción estaba sólida; el desierto se había convertido en un espacio, y el espacio se había convertido en la construcción que tanto tiempo había planeado. 

El arquitecto cerró los ojos y recordó los años que había durado la construcción ¿Cuánto tiempo, exactamente, se había dedicado a ello? ¿Cuántas personas fueron necesarias para completar la obra? No tenía respuesta precisa para ninguna de esas preguntas, ni siquiera fue capaz de acordarse claramente de alguno de los silenciosos operarios que habían trabajado en su idea. Como una estrella distante, durante la construcción el arquitecto solo podía esperar mientras sus pensamientos poco a poco se materializaban, bajo el inevitable vértigo que trae la posibilidad de que el resultado decepcionara sus propias expectativas. Durante ese periodo, su única compañía había sido el espacio, y la geometría, y sus propios miedos.

Pero el arquitecto paseaba pletórico porque, detalle por detalle, el edificio que había ideado había sido materializado a la perfección: desde la suave ventilación proveniente de los respiraderos de la cara norte, hasta la propia textura áspera de los muros. Esta perfección, esta coincidencia extrañísima entre idea y resultado, hizo que deambulara bajo una sensación de un deja vu que no cesa. Tal era así, que no se sentía solo porque, de alguna forma u otra, le acompañaban, al mismo tiempo, todas sus versiones pasadas que habían soñado exactamente con aquella obra. Desde aquel niño que había imaginado por primera vez un espacio, hasta el mismo arquitecto que se veía a sí mismo reflejado sobre los muros como si estuvieran revestidos por espejos. Sus más profundos sueños se habían hecho realidad, y el castillo mental ahora se alzaba sobre un espacio que, para muchos, antes era un desierto.

Al llegar el alba, con mucho sueño pero con más satisfacción, el arquitecto abandonó la construcción no sin antes echar atrás un último vistazo, un último recuerdo. Cuando aquella maravilla sea habitada y esté en funcionamiento, esa construcción que momentos antes había sido un espejo de la existencia del propio arquitecto, esa obra que le había demostrado que el tiempo era líquido, desaparecerá y se convertirá en otra cosa, ya que básicamente dejará de ser suya y pasará a ser de los demás. Al acostarse en la cama, el arquitecto pensó en ello no sin sentir cierta nostalgia. Finalmente, apagó el velador y cerró los ojos con la ilusión de poder volver a soñar, tal vez, con otro espacio que merezca ser construido.



miércoles, 11 de mayo de 2016

El Ayala

Un día llegué a la taberna y estaba el Ayala ahí. En la esquina de la barra, justo al lado de la caja registradora. Un hombre menudo, con pelo enrulado que bien podría parecerse a cualquiera de la mafia italiana de los cincuenta de no ser por sus marcados rasgos castellanos, completamente erosionados por el clima duro y una vida seca. El Ayala volvía a la Taberna después de haber pasado cuatro años en prisión. Cuatro años sin pisar el bar de sus amores.

Bebía, como de costumbre, una litrona de cerveza sin ningún vaso de por medio. Yo entraba allí a trabajar a las ocho y él salía a las nueve. En ese tiempo le alcanzaba para tomarse sus dos litros de birra, más los que habría llevado de antes, claro. A pesar de tener un taburete a su lado, nunca se sentaba. A pesar de tener gente a su alrededor, rara vez hablaba con otros clientes. A pesar de tener la caja registradora en frente, nunca se había fijado en aquel dinero. El Ayala se limitaba, entre sorbo y sorbo, a mirar la escena de la Taberna con el ojo derecho, cuyo párpado inferior permanece levemente caído a causa de una operación de melanoma. Cuando afuera pasaba la patrulla policial, desde su sitio resoplaba para después soltar una maldición hacia quienes fueron sus encarceladores. El Ayala, a veces, bromeaba con mi jefe metiéndose con el Real Madrid; otras veces, bromeaba conmigo diciendo que me tumbaría bebiendo. El Ayala, con frecuencia, se preguntaba si era, una vez más, la persona más vieja que había en el bar.

Al principio, le trataba con todo el respeto que merece un ex-presidiario por parte de un camarero novato como era yo, pero no tardé en llevarme bien con él e interesarme por su historia. Un día le pregunté a mi jefe por qué estuvo cuatro años en prisión. Mi jefe me contó que no solo había pasado cuatro años en la cárcel, sino que de los 57 años que tenía, el Ayala habría estado como 19 entre rejas.

- Pero ¿Por qué?

- Por tonterías. El pobre es un marginado.

El Ayala mientras bebía observaba, pero también recordaba. Cuatro años atrás, mientras caminaba por la calle, cuatro policías locales le rodearon, lo arrinconaron y empezaron a meterse con él. El Ayala, siempre con más orgullo que con cabeza, le retó a uno de ellos a quitarse la porra y la pistola para enfrentarse contra él si tenía huevos.

- ¿Acaso es una amenaza Ayala? ¿Te crees que un mierda como tú puede hacerme daño?

El Ayala asestó entonces un puñetazo que sirvió para tumbar al agente, pero que poco sirvió para la posterior paliza que recibió por parte de los otros tres. El doloroso preámbulo a otros cuatro años más entre rejas.

- Lo volvería a hacer.- me contaba sin dudarlo.

- Eres un tipo duro, Ayala.

- Duro no, pero a mí nadie me toca así los cojones.

Hoy en día, cada vez que entro a trabajar, sigo viendo al Ayala solo en su sitio, con la misma expresión, la misma mirada erosionada, disfrutando siempre de su litro de cerveza como si fuera el último. Se marcha de la Taberna, con ligera prisa, cada día a las nueve de la noche. Lo espera su hermana en casa con la cena servida. Ella le marca los horarios y, aunque él diga lo contrario, lo mantiene bien a ralla para que no se vuelva a meter otra vez en ningún lío. El Ayala, a pesar de bromear y de hablar bastante conmigo, nunca se despide al cerrar la puerta. A veces, afuera, no muy lejos del bar, los mismos cuatro policías le esperan en la calle. El Ayala cuando los ve no traga saliva. Sabe que es un marginado. No teme a otros cuatro años de prisión.