martes, 31 de diciembre de 2019

Primavera

El frío de diciembre,
el amanecer de mañana,
son las aguas de marzo;
el sol de agosto.

Siempre es hoy.

Y siempre podremos.

Abrazar al cielo,
besar lo imposible.




lunes, 8 de enero de 2018

Invierno

Hay que saber distinguir la realidad de la ficción,
y más cuando no hay otra luz que la del sol de amanecer.
Con el soplido del viento del norte llegan susurros que cuentan historias,
que de noche rompen glaciares, y que te abrazan gélidamente en la penumbra.
Es un frío que calienta y que te hace despertar cuando aún no ha amanecido.
Y al salir a la oscuridad, sin saber si has dormido, llega esa sensación
de haberte perdido algo, o de haber abandonado a alguien que nunca has conocido.
Es fácil escaparse de este frío, pero no de la nostalgia que lo acompaña.

Hay que saber distinguir el plagio de la inspiración
y entender que madurar no es hacer una maleta y subirte a un avión.
El desarraigo no es algo que tenga solución, pero esa realidad a mí no me sirve.
Tampoco, refugiarme entre otras piernas y sobre otras camas,
porque me voy, y de dónde me voy, dejo algo de calor
para volver al frío, al viento, del que en realidad nunca me he ido.

Hay que saber distinguir la certeza de la ilusión
pero de esto poco o nada puedo transmitir,
porque es invierno y del frío invierno no se sobrevive sin otra luz que la del sol de amanecer.
Así que espero que, eventualmente, se imponga el perdón

desde el norte
porque es preciso perdurar,
te abraza el viento
porque es preciso perdonar.

domingo, 4 de junio de 2017

La crecida

Algún día escribiré sobre cuando el cielo oscureció,
narraré cómo gota a gota todo se empapó y se difuminó.
Contaré cómo tus cartas de auxilio se perdieron en el oleaje.
Ese día podría salir cualquier cosa, todo lo que no ha venido antes.
No entendimos la eterna paz que vaticinaba la llegada de la tormenta
y de la imparable crecida que nos arrastró mar adentro,
junto a otros escombros, como si fuéramos sedimentos.
Todo quedó azul, perdido bajo del susurro de las cumbres borrascosas.
Por ahí asoma la torre del campanario, sola, como único testigo
de que fuimos llevados hacia dentro, hacia el azul, hacia el silencio.
Justo así: de la nada, al todo.
En unos minutos, en unos meses, en unos años.
Da igual.
Esto ya ha pasado.

Chop, chop, chop.

Algún día escribiré.
Algún día escribiré sobre todo esto.


lunes, 7 de noviembre de 2016

El Arquitecto

Aquella noche no durmió, le sobrecogía un lugar imaginario que lo rodeaba. Un lugar que para muchos podría ser un desierto, pero que para el arquitecto simplemente era un espacio. Allí se plantaba, en la más absoluta soledad, y veía las bóvedas, muros y columnas que emanaban un profundo sentimiento de extrañamiento. El arquitecto exploraba la edificación, y a cada paso que daba, a cada cámara que entraba, sentía arrebatos de escalofríos. Estaba atónito: sabía muy bien donde estaba, ya que ese lugar le era bien familiar desde pequeño, cuando por primera se lo había imaginado. Pero ahora era diferente, ahora la construcción estaba sólida; el desierto se había convertido en un espacio, y el espacio se había convertido en la construcción que tanto tiempo había planeado. 

El arquitecto cerró los ojos y recordó los años que había durado la construcción ¿Cuánto tiempo, exactamente, se había dedicado a ello? ¿Cuántas personas fueron necesarias para completar la obra? No tenía respuesta precisa para ninguna de esas preguntas, ni siquiera fue capaz de acordarse claramente de alguno de los silenciosos operarios que habían trabajado en su idea. Como una estrella distante, durante la construcción el arquitecto solo podía esperar mientras sus pensamientos poco a poco se materializaban, bajo el inevitable vértigo que trae la posibilidad de que el resultado decepcionara sus propias expectativas. Durante ese periodo, su única compañía había sido el espacio, y la geometría, y sus propios miedos.

Pero el arquitecto paseaba pletórico porque, detalle por detalle, el edificio que había ideado había sido materializado a la perfección: desde la suave ventilación proveniente de los respiraderos de la cara norte, hasta la propia textura áspera de los muros. Esta perfección, esta coincidencia extrañísima entre idea y resultado, hizo que deambulara bajo una sensación de un deja vu que no cesa. Tal era así, que no se sentía solo porque, de alguna forma u otra, le acompañaban, al mismo tiempo, todas sus versiones pasadas que habían soñado exactamente con aquella obra. Desde aquel niño que había imaginado por primera vez un espacio, hasta el mismo arquitecto que se veía a sí mismo reflejado sobre los muros como si estuvieran revestidos por espejos. Sus más profundos sueños se habían hecho realidad, y el castillo mental ahora se alzaba sobre un espacio que, para muchos, antes era un desierto.

Al llegar el alba, con mucho sueño pero con más satisfacción, el arquitecto abandonó la construcción no sin antes echar atrás un último vistazo, un último recuerdo. Cuando aquella maravilla sea habitada y esté en funcionamiento, esa construcción que momentos antes había sido un espejo de la existencia del propio arquitecto, esa obra que le había demostrado que el tiempo era líquido, desaparecerá y se convertirá en otra cosa, ya que básicamente dejará de ser suya y pasará a ser de los demás. Al acostarse en la cama, el arquitecto pensó en ello no sin sentir cierta nostalgia. Finalmente, apagó el velador y cerró los ojos con la ilusión de poder volver a soñar, tal vez, con otro espacio que merezca ser construido.



miércoles, 11 de mayo de 2016

El Ayala

Un día llegué a la taberna y estaba el Ayala ahí. En la esquina de la barra, justo al lado de la caja registradora. Un hombre menudo, con pelo enrulado que bien podría parecerse a cualquiera de la mafia italiana de los cincuenta de no ser por sus marcados rasgos castellanos, completamente erosionados por el clima duro y una vida seca. El Ayala volvía a la Taberna después de haber pasado cuatro años en prisión. Cuatro años sin pisar el bar de sus amores.

Bebía, como de costumbre, una litrona de cerveza sin ningún vaso de por medio. Yo entraba allí a trabajar a las ocho y él salía a las nueve. En ese tiempo le alcanzaba para tomarse sus dos litros de birra, más los que habría llevado de antes, claro. A pesar de tener un taburete a su lado, nunca se sentaba. A pesar de tener gente a su alrededor, rara vez hablaba con otros clientes. A pesar de tener la caja registradora en frente, nunca se había fijado en aquel dinero. El Ayala se limitaba, entre sorbo y sorbo, a mirar la escena de la Taberna con el ojo derecho, cuyo párpado inferior permanece levemente caído a causa de una operación de melanoma. Cuando afuera pasaba la patrulla policial, desde su sitio resoplaba para después soltar una maldición hacia quienes fueron sus encarceladores. El Ayala, a veces, bromeaba con mi jefe metiéndose con el Real Madrid; otras veces, bromeaba conmigo diciendo que me tumbaría bebiendo. El Ayala, con frecuencia, se preguntaba si era, una vez más, la persona más vieja que había en el bar.

Al principio, le trataba con todo el respeto que merece un ex-presidiario por parte de un camarero novato como era yo, pero no tardé en llevarme bien con él e interesarme por su historia. Un día le pregunté a mi jefe por qué estuvo cuatro años en prisión. Mi jefe me contó que no solo había pasado cuatro años en la cárcel, sino que de los 57 años que tenía, el Ayala habría estado como 19 entre rejas.

- Pero ¿Por qué?

- Por tonterías. El pobre es un marginado.

El Ayala mientras bebía observaba, pero también recordaba. Cuatro años atrás, mientras caminaba por la calle, cuatro policías locales le rodearon, lo arrinconaron y empezaron a meterse con él. El Ayala, siempre con más orgullo que con cabeza, le retó a uno de ellos a quitarse la porra y la pistola para enfrentarse contra él si tenía huevos.

- ¿Acaso es una amenaza Ayala? ¿Te crees que un mierda como tú puede hacerme daño?

El Ayala asestó entonces un puñetazo que sirvió para tumbar al agente, pero que poco sirvió para la posterior paliza que recibió por parte de los otros tres. El doloroso preámbulo a otros cuatro años más entre rejas.

- Lo volvería a hacer.- me contaba sin dudarlo.

- Eres un tipo duro, Ayala.

- Duro no, pero a mí nadie me toca así los cojones.

Hoy en día, cada vez que entro a trabajar, sigo viendo al Ayala solo en su sitio, con la misma expresión, la misma mirada erosionada, disfrutando siempre de su litro de cerveza como si fuera el último. Se marcha de la Taberna, con ligera prisa, cada día a las nueve de la noche. Lo espera su hermana en casa con la cena servida. Ella le marca los horarios y, aunque él diga lo contrario, lo mantiene bien a ralla para que no se vuelva a meter otra vez en ningún lío. El Ayala, a pesar de bromear y de hablar bastante conmigo, nunca se despide al cerrar la puerta. A veces, afuera, no muy lejos del bar, los mismos cuatro policías le esperan en la calle. El Ayala cuando los ve no traga saliva. Sabe que es un marginado. No teme a otros cuatro años de prisión.

martes, 26 de abril de 2016

Manifiesto cyberpunk

No sé. Quizás esto se haya vuelto anacrónico.

Blogger fue fundada hace dieciocho años. Comprada en 2003 por google, tuvo su apogeo hace diez. Este blog fue fundado hace casi siete años. Comparando los tiempos con el avance exponencial de la tecnología, dieciocho, diez o siete años es una eternidad. Sin ir más lejos, los smartphones se han generalizado desde hace más o menos ocho años, y las tablets, la herramienta favorita de todos los niños, fueron creadas hace cinco.Y ahora... 

¿Y ahora? 

Ahora me despierto, me tomo un café cada mañana, voy a la universidad, estudio, trabajo en un bar y salgo de fiesta cada finde. Lo que podría haber hecho cualquier estudiante hace diez, quince o cien años. Quiero decir, las tendencias tecnológicas, que son las que hoy nos facilitan nuevas formas y formatos avanzan notablemente más rápido que las personas que creamos contenido para estos. Son muy pocos los que pueden seguir el ritmo exponencial que marcan los avances científicos. La literatura se queda atrás, como arte y como industria. Los creadores, por nuestra parte, seguimos escribiendo y produciendo lo mismo. Los mismos cuatro versos casposos o los mismos párrafos sobresaturados por adjetivos calificativos. Por su parte, la endeudada industria se arriesga cada vez menos en nuevos talentos, y normalmente optan por ir a lo seguro, que no es otro que el éxito pasado. Todo por no hablar de la continua producción de un formato físico que, aunque guste el papel a todo el mundo, se está quedando caro y obsoleto. No son muchas las editoriales y librerías que sobreviven en estos tiempos de transición hacia lo digital.Y todo porque ni creadores ni industria estamos a la altura, en gran parte porque no sabemos exactamente hacia donde vamos. Es un tiempo de puro cambio donde parece que se salvan, a nivel creativo y económico, los que mejor se adaptan; ahora mismo, aquellos que generan contenido transmedia, la escapatoria más creativa que actualmente podemos encontrar. Blogger en su día fue una preciosa herramienta que nos permitía a todo el mundo poder difundir nuestros escritos a escala global sin necesidad de una industria. También, sirvió como lanzadera para algunos que realmente han sabido sacarle partido y han podido convertirse en grandes creadores o comunicadores.

Pero ¿Y ahora?


Ahora la mayoría de redes sociales poseen una herramienta de blog, es decir, un espacio destinado a difundir un texto de mayor o menor extención. Blogger, de repente, deja de ser algo necesario. Blogger, de repente, es vintage. Y es por eso que después de solo siete años me siento a escribir sobre un formato que considero obsoleto. Sin embargo creo que esta polvorienta herramienta guarda aún un par de cartuchos para disparar. 

Escribo en este blog porque ahora mismo me sirve.

En este mundo tan cambiante, donde nosotros cambiamos tan poco, invito a todo aquel creador y comunicador que pueda leer esto a probar creativa y comunicativamente hablando nuevas cosas. Que no tenga miedo a los nuevos formatos, a las imagenes, vídeos, gráficos, interacción... Invito, sobretodo, a que se diviertan con la enorme cantidad de herramientas que hoy en día tenemos. Porque, aunque geográficamente el mundo ya está explorado, creativamente aún no se han encontrado los límites en la comunicación digital. Somos pioneros. 

José Luis Cordeiro, licenciado en el MIT y fundador de la Singularity University, institución financiada por la NASA y Google (la misma que legítimamente posee el blog que leéis) vaticinaba en esta entrevista la aparición de la telepatía y la transmisión directa de información digital al cerebro para el año 2029. Quizás esto suceda o no, pero personalmente me divierte pensar en estas cosas. El otro día llegué a la conclusión de que si esto ocurriera estaríamos ante el fin del lenguaje, de las palabras y de la literatura tal y como hoy la conocemos. Por eso insisto, e invito a que aprovechemos este maravilloso desconocimiento, y a que fallemos si tenemos que fallar. Sí en 2029 llega la telepatía y formas más eficaces para transmitir información y emociones, el presente texto (y todo texto en sí) sí que sería vintage de verdad, pero, mientras tanto, no podemos cruzar los brazos y seguir haciendo lo mismo.

Salgamos de los cuatro versos. 
Quememos los libros. 
Salvemos la literatura.

miércoles, 13 de enero de 2016

Sexto hombre

El sexto hombre de un equipo de NBA es aquel que está sentado con los otros reservas en el momento en el que se inicia el partido. Sin embargo, el sexto hombre jamás es un suplente más a pesar de ser la sexta persona en una plantilla donde solo son cinco los titulares. El sexto hombre suele aparecer en el minuto cinco, y por lo general tiende a estar sus 20-25 minutos en la cancha. Aparece cuando es menester sorprender, porque de esta manera se hace más daño al rival que cuando simplemente está y le esperan. El sexto hombre sale corriendo al parquet y sabes que está ahí porque el público aplaude. Entra cuando el otro equipo está cansado; su llegada es un mensaje implícito del entrenador: Es momento para atacar. Porque el sexto hombre es lo suficientemente egoísta como para jugarse él solito todos los triples que haga falta, aunque falle la mayoría, pero lo suficientemente habilidoso y, sobretodo, fogoso como para meter la canasta decisiva en el partido que a éste le dé la real gana.

En cuestiones de roles, el sexto hombre nunca es la estrella del equipo, ni siquiera suele ser su flamante escudero, sin embargo es el principal motivo que lleva al entrenador rival a sacar a la pista a su suplente más defensivo. Porque el sexto hombre está loco o, al menos, el buen sexto hombre está loco, y la locura suele ser, como en la mayoría de los ámbitos de la vida, algo muy difícil de defender. En algunos casos, es el propio sexto hombre quien prefiere quedarse con el rol de sexto hombre y no de estrella o de titular indiscutible, ya sea por humildad o locura, porque la mayoría de sextos hombres bien podrían ser titulares en la mayoría de equipos de la NBA. Una cuestión de particular interés, que bien puede explicar esto último, es que el sexto hombre trasciende sobre los esquemas y no entiende de posiciones. Simplemente juega donde el entrenador le diga, aunque en la mayoría de las fases del partido sorprenda por donde le apetezca. El sexto hombre es la variable que rompe la constante. Es vital en un buen sexto hombre un punto de rebeldía, que lo convierten en una pieza idolatrada por el público, entregado, normalmente, por su carisma de anti-héroe incomprendido.

El sexto hombre es así porque aparca el cerebro para jugar con el corazón. El sexto hombre, a veces, vale más que los cinco que salieron de entrada.

Pero, por encima de todo, el sexto hombre es paciente porque sabe que, aunque no sea ni estrella ni titular siquiera, en algún momento le tocará levantarse del banquillo y sacar su alegría a la cancha.


domingo, 3 de enero de 2016

2016

Bendito sea el mono y su andar orgulloso. 
Benditos sean sus aullidos, 
y benditas sean sus ganas de querer seguir aullando. 

Valiente sea el primate, 
y su ímpetu por seguir trepando
y por saltar ríos
y por bajar a tierra
y por erguirse con orgullo.
Orgulloso sea el simio,
de su velocidad y fortaleza
de su sociabilidad e inteligencia
de su pulgar peludo
y de su cola,
y de sus ideas.

Altos sean sus saltos, 
y altas sus miradas, siempre arriba.
Fuertes sean sus mandíbulas 
para tan fuerte herbívora tripa.

Hostil sea el mono, 
dominante en sus dominios. 
creativo en sus estrategias 
y voraz en sus deseos.
Soñador por las noches, 
realizador por el día,
sobreviviente por instinto
preocupado en familia.

Bendito sea el mono que se empapó al nacer,
que fue recordado en madera tallada
decorando escudos y macanas de obsidiana.
Bendito sea el mono en llamas,
y sus pasados incendiados.
Bendito el humo que lo rodea,
y su mojado cantar dorado.
Siempre, mirando hacia adelante.
Siempre andando orgulloso.

Bendito sea el mono

y bendito sea este nuevo año
que no en vano para el mono empieza quemado.

martes, 1 de diciembre de 2015

Hoy tengo un sueño


¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, bajo el azul ciberespacio de Facebook, Blogger, Twitter y demás redes sociales, los míos, los que siempre han estado y los que se acaban de sumar a mi vida, se puedan sentar juntos y celebrar el cariño hacia mi persona que tanto les une.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, en la república de mi casa donde ahora mismo disfrutamos de una precaria economía, pueda disfrutar de un 3Doodler, una impresora 3D portátil con las que tengo pensado hacer maravillas y seguir soñando.

Ciudadanos de mi vida, os pido que os unáis a mi causa. Con solo 55 céntimos, entre todos (los 171 contactos de mi Facebook) podré llegar a adquirir tan deseado artefacto, el cual no dudaré en compartir a quien lo pida. Ya muchos se han sumado a mi causa y hasta ahora se han recaudado la inestimable cantidad de 22€ con 55 céntimos, pero por ahora no es suficiente y es por eso que os llamo a que sigáis emprendiendo a mi causa. 

El objetivo es poder conseguir los 94€ que vale el producto para los próximos reyes. Parece difícil, sí, pero porque sois mis amigos, y porque os quiero mucho, no tengo la menor duda de que conseguiremos llegar a nuestro objetivo. Porque soñar es de valientes, porque juntos podemos lograrlo. 

Unidos por Lucio. 55 Céntimos para soñar.

OPCIONES DE PAGO: O bien en efectivo cuando coincidamos, o bien paypal (lucivernet@hotmail.com) 

martes, 20 de octubre de 2015

De los valles y volcanes

Victoria, de los valles y volcanes,
la que no canta, a pesar de su voz violeta.
Heroína de veintiún veranos.
Víctima de versos enrevesados.
Salvaje con villanos, violenta a veces;
valedora de volátil veneno.

Su llegada, la verdadera venida.
La que me vio y me dio la vida.
la que, sin embargo, se mueve,
valiente y voladora,
viajante y viajera de mil vías.
Juventud que no desvanece.

Vigilante por las vísperas,
vanguardia de las bravas,
vacuna de inverosímil vigor.
Victoria, la que te envuelve,
como un vaivén salvador
de viento leve de levante.

Victoria, mi pequeña Victoria.
Mi divina ventrícula.
Mi vitalicia primera vez.
Mi ventaja insalvable.
Mi ventana al volcán.
Mi vida. Mi viernes. Mi valle.




jueves, 8 de octubre de 2015

Teletransport-arte

- ¿Si tuvieras un super-poder cuál sería?

+ Me gustaría poder estirarme, como si fuera una goma elástica. Eso, me gustaría ser de goma.

- ¿Y por qué?

+ No sé, ¿por qué no? ¿Sabes la cantidad de cosas que podría hacer si yo fuera de goma? Podría... por ejemplo ir a la nevera y coger una manzana ahora mismo sin tener que levantarme a por ella. Podría estirar el cuello y llevar mi cabeza al cielo, donde podría ver todo desde las alturas. Podría cambiar de tamaño, hacerme pequeñita pequeñita hasta casi desaparecer o, por ejemplo, podría hacerme enorme y eclipsar la ciudad solo con mi presencia. Podría jugar con mi fisionomía, modificar mi aspecto... deformarlo incluso, para, por ejemplo asustar a quien quiera.

- Podrías también estirar tus brazos de modo que puedas planear.

+ ¡Claro! ¿Ves cuantas cosas podría hacer si yo fuera de goma? Y tú ¿qué super-poder tendrías?

- La teletransportación.

+ Cuéntame ¿Por qué?

- Para no tener que depender de la tecnología para verte...

+ ¿Sólo para eso? ¡Eres un moñas!

- Bueno, para eso o para ir a París, por ejemplo, sin gastarme un euro.

+ Eso definitivamente estaría genial, pero ¿no crees que el mundo se convertiría de repente en un lugar muy pequeño? Te conozco, y te digo que te aburrirías en seguida... quizás a los pocos años.

- ¡Y tú qué sabes! Solo depende de cómo lo use. Imagínate, podría aparecer dentro de una caja fuerte y robar todo el dinero que quiera... ¡me podría forrar!

+ Te podrías convertir en un delincuente, ¡brillante! Bravo por el chico soñador que quería ser escritor, ahora convertido en un burdo ladrón, la única forma con la que aprovecha su maravilloso super-poder.

- Ya está bien, no abro más la boca porque a cada cosa que diga me sacarás un argumento para hacerme la contra.

+ No te piques bobo, no es más que un juego... Simplemente creo que no lo aprovechas como yo lo aprovecharía.

- ¿Y cómo lo aprovecharías, chica de goma?

+ ¡Pues viniéndome a visitar!

- ¡Eso, justo eso, dije al principio!

+ Ya, maldito, pero no especificaste cómo. La primera vez, te explico, podrías sorprenderme en el momento en el que estoy a punto de dormir. Me despertarías con un beso. Tienes que ser cuidadoso, ya que si me llego a dormir del todo casi que mejor que no me despiertes. Podría ser en una noche de lluvia, una de esas en las que me quedo sola leyendo o escuchando música. O en una de esas en las que no me hablas por aquí, en las que me miro al espejo, y pienso en ti, y me pregunto ¿Qué tal habrá sido su día? ¿Habrá pensado en mí?

- ¿Y cómo sé cuando estás así?

+ Calla, te estoy diciendo cómo explotar bien tu super-poder.

- Pero cuando hablaste del tuyo tampoco lo estabas explicando tan profundamente.

+ Tú presta atención.

- Continúa.

+ Deberías aparecer sin aviso. Y aparecer ante mí con un beso, no uno de excesiva pasión, que sabes que a mí el rollo quinceañera ya lo he vivido y ahora como que no me va; tampoco tiene que ser un protocolario beso seco, un pico de niño o uno doble como si fuera tu tía abuela. No, tiene que ser diferente, tierno, dulce y cargado de sentimiento, como los que me solías dar. Por otro lado, ya que vienes teletransportado, chico-teletransportado, podrías venir con chocolate suizo, o un vino blanco portugués, ni demasiado seco ni demasiado dulce. Nota que doy por hecho que tu poder vale para poder teletransportar las cosas que lleves contigo.

- Naturalmente, así lo había pensado. Es que, si no es así, pierde mucho.

+ Por supuesto tesoro ¿También podrías teletransportarme a mí? ¿Podrías llevarme contigo donde quisieras?

- Solo si me das la mano, bien fuerte.

+ Eso está hecho ¿Dónde me llevarías?

- Donde quieras, donde siempre has querido ir.

+ Siempre igual ¡Venga mójate!

- Mmm... Te llevaría al paraná, al atardecer, cuando está el cielo aún azul y el agua rosa. Te llevaría a las ruinas de los hospitales del siglo XIII asturianos, en la cima de las montañas. Podríamos cargar con sacos de dormir y permanecer allí a la intemperie, bajo el cielo completamente estrellado.

+ ¡Podríamos ir a África! ¿Sabes que siempre he querido ir a África?

- Habría que tener cuidado según donde estemos, no vaya a ser que caigamos en medio de una manada de animales peligrosos o, peor aún, en alguna guerrilla.

+ Por eso deberíamos ir cogidos de la mano todo el tiempo, bien fuerte. Así, a la primera situación hostil, nos movemos de vuelta aquí, o a tu casa en Barcelona.

- Me parece bien. También siempre quise ir a la Antártida.

+ ¡Brr qué frío! ¿Te molan acaso los pingüinos?

- En realidad no tengo muy claro si quiero ir allá, pero es un deseo que guardo desde pequeño. Quizás me atraigan los lugares aislados.

+ Eres más raro... ¿Lo sabes?

- Por eso te gusto tanto.

+ Y un idiota, pero uno con razón. Desde este lado del mundo me teletransporto a la cama.

- ¿Otro skype mañana?

+ ¿Qué dices? Mañana me despiertas como te dije, con un beso.

- Hasta mañana entonces.

martes, 29 de septiembre de 2015

Marte

El sol se va alejando de este hemisferio. La luz ya no calienta como antes.
Es algo inexorable, como la lluvia que enfría el mediterráneo o la burbuja térmica de Madrid.

Cuando tomas tantos autobuses te terminas acostumbrando a verlo todo cambiar.

A veces pienso que atravieso Castilla entera solo para caminar por el mismo río, 
o para ser testigo de un eclipse un domingo a las cuatro de la mañana.

Qué cerca me siento cuando me dicen que, después de todo, hay agua en marte. 
No entra la soledad entre tanto eco resonando, una vez y otra vez, por el vasto universo.

martes, 22 de septiembre de 2015

Mujer naranja

Mujer naranja, he venido para experimentar porque hoy me desperté con ganas de mancharme de ti. Pero te advierto: traigo la paleta cargada; estoy dispuesto a acabar con tu simetría. Sé que bajo esos vértices, que se crecen al verme verde, hay curvas violetas; el color que mejor te sienta, y por el que estaría dispuesto a morderte si hiciera falta.

Mujer naranja, he venido porque extrañaba tu manera de cambiar de forma. No lo sabes, pero eres más tridimensional de lo que crees. Me gustaría (siempre lo desee) poder percibirte en cuatro, cinco o cien dimensiones (todas espaciales), pero no puedo hacer más que imaginarte en cada una de ellas, cada vez que me llega tu voz y me acaricia la cara.

Mujer que te crees naranja, he venido, en definitiva, para invadir tu espiral y fundirme en tu sonrisa. Qué placer ver la ventana blanca, caminar dentro de ti y sentir, por un momento, que siempre será hoy.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Unos y ceros

El universo que hay dentro de mí se expande,
quizás a mayor ritmo que el universo que habito
y que habitas.
No sé si algo en mí explotó o si poseo energía oscura,
pero a cada segundo que pasa crece y crece.
Cada vez más rápido. Tengo un problema.
No pasaría nada si fuera infinito o eterno.
Pero yo solo soy. Carne y hueso.

Intento dar. Intento escribir. Intento sacar de mí todo lo que puedo.
Intento amar, 
y abrir todas las válvulas de escape que se esconden en mí.
No es broma: Este cuerpo se queda pequeño.Y el universo se expande.
Por momentos me bloqueo, 
por momentos no encuentro las palabras adecuadas 
o las soluciones apropiadas.
Y es que solo soy carne y hueso, 
y esto que lees, unos y ceros.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Confesión

Leo al sol. Lo hago casi religiosamente, al menos una hora; lo intento cada día. Me siento cuando el sol más quema, cuando más se siente el calor, y cuando el resto de la gente, que no sabe disfrutar del sol como yo, huye a la sombra en busca del cobijo de los árboles. Me siento y leo, pero también observo, y a veces soy también observado. Cuando esto sucede, me divierte imaginar sus pensamientos, casi siempre con la arrogancia de creer que me juzgan en silencio, escondidos detrás de miras telescópicas. Yo no les juzgo porque difícilmente sin mis gafas los veo, pero les comprendo su rechazo a luz. El sol de Salamanca es duro, cae sin filtro ni piedad, templando las piedras y rebotándose en ellas. El sol quema, eso lo sabe todo el mundo, pero lo que muchos ignoran es que también es capaz de convertir un pueblo de piedra en toda una ciudad dorada.

Leo bajo el sol, porque algo hay que hacer bajo el sol, y la lectura no me parece un mal pasatiempo. Leo de todo; analizo y devoro de una forma carnívora, porque el sol me da hambre. A veces leo sin leer, cuando prefiero leer la vitamina D y no las páginas que paso despreocupadamente. Leo como escucho música, porque en ocasiones es el libro el contexto del momento y no al revés. Leo solo en un acto completamente introspectivo. Leo al sol para pasar desapercibido y confundirme en el paisaje, pero casi nunca me importa ser visto, ni tampoco, reconocido. Lo hago al sol porque quizás mi abuelo cada día al sol estaba, rompiendo baldosas para crear mosaicos. Él también esculpía y pintaba bajo el sol, y a mi eso me encantaba. Creo que le honro al acordarme y retratarme en él, aunque en mucho difiere su tarea creativa con mi afán deconstructivo de leer y devorar lectura ligera.

 Por la noche, cuando el sol se va, me gusta tocarme y sentirme tibio. Me acuesto con el cuerpo cargado de luz y me duermo con infinitas ganas de mañana.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Gota Fría

Ya            no       existe          Ciudad        Verano.                 Se          fue.

Se              diluyó          entre          agua,          viento          y          granizo,

haciendo        las        maletas       tan        rápido       como       pudo,

despidiéndose          con          un           seco        beso          tranquilo.

Como                griegos,                 fenicios                 y                 romanos

las          ruinas       y          el          silencio       son          su          único          vestigio.

Aquí    quedamos    el       resto,          así          de          desubicados,

desahogando                 sótanos,                 secando                 libros.

Neptuno                 y          las       ocho          acequias          sonríen

ante          tanto        trueno,          traqueteo          y          alarido:

la                 gota          fría          llegó          a                 Valencia,

y                 yo                 aquí,                 tan                 desvestido.

viernes, 28 de agosto de 2015

Hospitalero

Un vaso de zumo de naranja fue lo primero que nos dio el hospitalero del albergue de peregrinos de Bodenaya, una villa de menos de doscientos habitantes perdida entre los incontables valles de Asturias. Solo era nuestro segundo día caminando, pero los veintisiete kilómetros plagados de subidas (de esas que abundan en el camino primitivo) hizo que bebiéramos unos cuantos vasos sin apenas abrir la boca. Aproveché, sin embargo, ese momento para apreciar lo especial que era aquel albergue: una antigua cuadra remodelada y muy acogedora; llena de libros, adornos que otros peregrinos de todo el mundo habían dejado, y música. A parte de eso, no obstante, el lugar escondía 'algo' que emanaba una sensación latente de paz y bienestar.

El hospitalero, un hombre de edad indescifrable, que parecía mucho más joven de lo que probablemente era, por fin se sentó con nosotros y nos dijo, antes de sellarnos las credenciales, las tres normas principales de aquel albergue:

1. El albergue es gratuito, pero se admite y agradece la voluntad. Todo donativo que queráis dejar, tendréis que situarlo en esa caja cerrada que hay al lado de la puerta. Lo prefiero así. No me gusta tocar el dinero.

2. En este albergue todos los peregrinos cenaréis juntos, compartiendo mesa, a las 20:30 una comida que yo mismo, con las verduras de mi huerto, cocinaré.

3. En la cena, entre todos, acordaréis a que hora queréis levantaros y yo mismo os despertaré con música a la hora que me digáis, sin que tengáis que depender de vuestros teléfonos móviles. Os levantaréis con el desayuno preparado y os encontraréis con vuestra ropa lavada, secada y doblada.

El hospitalero se llamaba David. David sonreía. Todo el tiempo.

No nos dimos cuenta, pero la atmósfera de aquel lugar hizo que nos quedáramos toda la tarde dentro de aquellas anchas paredes. No sentimos, en ningún momento, la necesidad de explorar alrededores ni de conocer el pintoresco pueblo que era Bodenaya. El albergue era un lugar que nos invitaba a convivir con los otros peregrinos que poco a poco iban llegando hasta llenar su aforo. Fue una tarde ideal para que yo sacara el mate, Lukáš sus tostadas con mermelada y Alexander sus conservas. Adrià y Pablo completaron el improvisado picnic con cerveza que abundaba en la nevera de David, disponibles para todo aquel que quisiera disfrutarlas. De esta manera, entre todos pasamos la tarde riéndonos y conociéndonos, mientras David cocinaba y observaba sin perder en ningún momento la sonrisa.

Tras la cena, muchos de los peregrinos, que ya entonces éramos verdaderos compañeros, decidimos trasladar la conversación a la calle, antes de irnos a dormir. Fue en aquel momento cuando me separé un instante para volver adentro. Allí me encontré al hospitalero conversando con Alexander y rodeado por otras personas que simplemente escuchaban. Me uní a ellos y tampoco abrí, en ningún momento, la boca. Simplemente quería escuchar la voz de aquel hombre que había tenido el valor de adoptar ese estilo de vida, y que había tenido la suerte de encontrar una sonrisa que jamás dejó escapar. 

Fue así como David, con su parsimonia infinita, nos transmitió su rutina: Nos explicó lo duro que podía ser llevar aquel sitio, la importancia de los donativos que, muchas veces, eran insuficientes y la dureza del invierno en la montaña. Sin embargo su expresión no cambiaba, era un sacrificio que él estaba dispuesto a asumir para una vida que le encantaba: David recibía y trataba cada día a veinte peregrinos, todos diferentes. Él se identificaba como un compañero más, un testigo de momentos únicos, protagonizados por  diversas personas que, en otros contextos, jamás coincidirían. Nos habló también del amor, y de lo rápido que florece en una experiencia tan intensa como es el camino de Santiago.

Hubo un momento en el que detuvo su charla para dirigirse a la cocina y volver con un pequeño cuenco que guardaba ochenta céntimos. Nos lo mostró, y en ese instante el hospitalero nos empezó a relatar su historia:

Hace unas semanas, justo antes de que sirviera la cena, alguien llamó a la puerta de este Albergue. Era un joven que llevaba cuatro días sin comer en caliente y que había sido rechazado del albergue anterior, solo porque no tenía dinero para entrar. Había caminado siete kilómetros más para llegar hasta aquí. Se llamaba Marcos. Le abrí las puertas y hablé un buen rato con él. Era un buen chico. Dentro, no obstante, era uno más y no desentonaba para nada en una mesa que compartía con, por ejemplo, un hombre de negocios peruano que poseía una empresa de ocho plantas en pleno Manhattan. Lo único que llamaba la atención del chico era su hambre, y de las tres veces que repitió las lentejas. 

A la mañana siguiente volví a hablar con él y me preguntó hacia dónde podía seguir. Le dije que fuera al albergue de San Juan de Villapañada, donde mi amigo Domingo. Me preguntó que cuánto valía. Le dije que cinco euros. Me dijo que no podía pagárselo. Entonces cogí un billete de cinco y lo dejé en la mesa, porque a mí no me gusta eso de dar el dinero en mano. Le dije que lo cogiera, que no había ningún problema. Entonces nos despedimos con un abrazo, y me fui a recoger el desayuno. Fue entonces cuando oí la puerta cerrarse, y comprobé anonadado que los cinco euros todavía seguían ahí. Pero, lo que más me sorprendió, fue que a los dos minutos Marcos volvió, para decirme "toma David, es lo único que tengo. Que sirva como donativo para este albergue" y darme los ochenta céntimos que hoy todavía sigo guardando. Él dejó literalmente todo lo que tenía en este sitio, era la forma que consideraba oportuna de agradecer y de contribuir, como uno más, la continuidad de este hogar.

Mientras el hospitalero terminaba la historia orgulloso y emocionado, me fijaba en un azulejo en la pared que recitaba "El verdadero peregrino no exige, agradece".

A la mañana siguiente, después del desayuno, David y yo nos despedimos con un fuerte abrazo de dos minutos que acabó con lágrimas en mis ojos. Apenas habíamos intercambiado palabras durante mi estancia. 

El camino continuaba, aunque algo de mí se quedó en aquella cuadra, escondido entre adornos, libros y música.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Todo esto es tuyo

La música que suena,

las vibraciones que activan mecánicamente mis tímpanos

y el ritmo que trastorna estos latidos. 

Los procesos mentales, puentes nuevos que se crean, 

diferentes combinaciones que buscan lo mismo: 

Decir lo que siempre he pensado; Expresar lo que nadie ha dicho. 

La ganas que tengo de caer en mí. 

Las ganas de autoexplorarme

y de encontrar lo que no busco. 

Poder transformarte en palabras. 

Poder sentirte en el papel: 

Poder, 

en definitiva, 

curar la soledad

y encontrar la belleza.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Cazador y presa

El bosque era un lugar oscuro y peligroso. Un laberinto de troncos que todo lo abarcaba. Allí en medio estaba Jairo, quien presumía de haberse convertido en uno de sus depredadores. Lejos quedaba aquel asustadizo chico que huyó de su grupo, sin más utensilios que sus propias manos.Ahora era diferente: era todo un cazador. Por las noches encendía una fogata y se ponía a afeitar su cuchilla mientras recordaba y planeaba sus movimientos. En efecto, había pasado de convertirse en un fallido arquero a ser un maestro trampero. Y es que se dio cuenta de que era mucho más eficiente ser inteligente que ser hábil, ya que las trampas, si están bien puestas, pueden rendir mucho más que una flecha. Jairo lo había aprendido, y lo había aprendido por las malas, pasando hambre varios días hasta el punto de casi haber muerto. Uno más tragado por el bosque.

Pero Jairo también aprovechaba la calma de la noche a la luz fogata para ponerse a escribir. Escribía sobre lo que le inquietaba, que no solo eran lo movimientos migratorios cambiantes de las aves o el carácter de algunas arañas pollito con sus presas. No, había algo más. Había algo que no terminaba de encajar en aquel entorno al que tan bien se había adaptado: Jairo no era el máximo depredador.

La primera vez que se dio cuenta de ello fue cuando se encontró a un jabalí con una flecha en el ojo. Después ese presentimiento de no estar solo se confirmaba con una sombra que a veces se hacía notar, una sombra antropomórfica. Una figura que en ocasiones le perseguía, y en ocasiones se adelantaba a sus movimientos y le quitaba la caza de un solo flechazo. Era otra persona; con seguridad, la única otra persona del bosque. Lo más extraño de todo es que tanto esta persona conocía su nombre y, a veces, desde la oscuridad, lo llamaba desde la espalda a través de la oscuridad repitiendo cada tanto "¡Jairo!".

Pero, conforme avanzaban los días y se acostumbraba hacia esta figura, que iba y venía con un periodo de actividad que empezaba desde la primera hora de la mañana, Jairo fue comprendiendo a este ser, que supo adelantarse a sus pasos y verlo con sus propios ojos. Era una mujer alta, casi tanto como él, robusta de carnes y de tez morena. Era su rival y era mejor que él. Cazaba con arco y flecha. Cuando la vio, supo que se llamaba Tana.

La tenía delante de él, desarmada, delante del río. Era su oportunidad. Después de haber pasado hambre y de haber sido casi devorado por las fieras más grandes, Jairo había comprendido que ,en un bosque como ese, solo podía haber un cazador. Y con Tana, de momento, había sido como un presa, o peor aún, como una dócil mascota. Así que sin dudarlo se abalanzó hacia ella con su cuchillo en mano, en búsqueda de acabar con el adversario más fuerte hasta el momento. No fue muy honorable por su parte, lo sabía, pero no era una situación como para guardar honor. Jairo hacía tiempo que había perdido la mayor parte de su humanidad en post de convertirse en un animal; en un depredador. Así que, tras un fuerte forcejeo, acabó Jairo sobre el cuerpo de Tana, prácticamente inmovilizada.

La tenía ahí, delante de él. A su merced. Por primera vez.

Entonces vio que en su párpado derecho, sobre esos infinitos ojos negros, guardaba una pequeña peca que ambos compartían. Ella estaba serena, pero no aceptaba su inminente final, sino que lo observaba con esa mirada de depredadora que también compartían.

-¿Qué te pasa Jairo, estás nervioso?

Entonces Jairo se vio en otro mundo, lejos en el espacio y en el tiempo. Con edificios y personas. Un lugar totalmente ajeno a aquel bosque. Jairo estaba en una habitación con la puerta cerrada por su compañero de piso, con su ordenador portátil en el escritorio, sus libros en las estanterías y esa magnífica ventana con vistas al río y al sol de atardecer. Sin duda, lo mejor del cuarto. Jairo estaba en su cama acostado, desnudo y con Trincea debajo suyo. También desnuda. Entonces Trincea, tan Trincea como siempre, lo miró con esos infinitos ojos negros, abrió la boca y lanzó la pregunta:

-¿Qué te pasa Jairo, estás nervioso?

Jairo, totalmente desubicado, sin saber que contestar, cerró los ojos. Y cuando los abrió volvió a verse en el bosque, como un cazador. Lejos de los libros, del ordenador y de sus vistas al río. Estaba de nuevo en esta situación de forcejeo letal. De repente Tana, lejos de esperar la respuesta de su rival, aprovechó esta vacilación para darle un rodillazo en su estómago y escaparse corriendo.

domingo, 2 de agosto de 2015

El duende

Mi historia con el duende se remonta al verano de 2015 en Parque Patricios, al oeste de la reserva natural de Peñagolosa, Comunitat Valenciana. Iba en el Corsa de mi padre junto con mis mejores amigos: Vicente Rodríguez, Verónica Boquete y Víctor Casadesús, la triple V. Era yo quien conducía, no solo por ser el coche de mi padre (en realidad no me importaba que ellos lo llevaran), sino también porque el azar así lo dictó. Días atrás nos habíamos reunidos en el chalet de Vero, en Jérica, y mientras tomábamos el sol en su piscina, cada uno tiró un dado. A mí me salió el uno y, por tanto, me tocó conducir, pero también me tocó ser el acompañante sobrio que cuidara de ellos durante su viaje de LSD, que planeábamos hacer en Parque Patricios. Me quería cortar las pelotas, más que nada porque era yo quien ponía el coche, y era yo quien más le interesaba esta aventura (o por lo menos quien había manifestado más interés). Pero así lo acordamos, y, sin manifestar toda la desilusión que llevaba conmigo, acepté la suerte. Alguien tenía que hacerlo.

El LSD lo había conseguido Víctor a través un amigo de su tío. Decía que era bueno. No dio más detalles.

Después de dos horas y media conduciendo y una hora y media caminando, siguiendo a Víctor, que "conocía la zona", llegamos a un lugar lo suficientemente apartado y lo suficientemente bonito. Éramos conscientes que lo que hacíamos era puramente ilegal, sobretodo el hecho de acampar en un parque natural; pero no éramos tan estúpidos como para llenarlo todo con basura, o hacer una hoguera que pueda incendiar la sierra completa. Simplemente éramos lo suficientemente estúpidos como para drogarnos en la montaña. Lejos de todo el mundo.

Decidimos establecer el campamento en un claro a la orilla de un pequeño río. Vicente afirmaba que era un afluente del Millars. Yo creo que Vicente no tiene ni idea de ríos. Así pues, instalamos la tienda de campaña Quechua de dos compartimentos que mi padre había comprado hacía 10 años, cuando las tiendas que se abrían solas eran ciencia ficción. Total, tardamos otras dos horas, pero finalmente pudimos montar todo el chiringuito que nos permitió un baño de recompensa en el agua helada del presunto afluente del Millars.

Yo disfruté. Todo lo que no tenía nada que ver con la droga era una alegría para mí, pero casi eran las cinco de la tarde y sus mentes ya demandaban el viaje astral. Así que abrimos el pareo, que colocamos en la hierba con sus pertinentes snacks y refrescos, y, sobré él, cada uno tomó su correspondiente cartón con ácido. Miré mi reloj y calculé que, desde ese momento hasta que se les bajara los efectos de la droga, pasarían más o menos 6 horas. Mientras conversaba con ellos, en ese instante previo a que la droga acapare el consciente de cada uno, hacía cálculos para mis adentros que desembocaban en una preocupante realidad: Durante, al menos, una hora, tendría que hacerme cargo de ellos bajo la más completa oscuridad.

Pasaron cuarenta y cinco minutos cuando a Vero se le dilataron los ojos. Fue la primera. Empezó a reírse instantáneamente y a observar todo con los ojos bien abiertos, con pupilas de búho. Diez minutos después le tocó a Vicente y, poco después, a Víctor. Los tres se quedaron completamente enajenados observando el paisaje bucólico que nos rodeaba. Para mí, durante esos momentos, era entretenido verles cómo intentaban hablar sin que supieran articular casi ninguna palabra; ver cómo su boca se desincronizaba completamente con su cerebro. Parecía que a mitad de frase se les ocurrieran algo más interesante o divertido para comentar, y cortaban completamente de manera muy cómica. Como buen ríoplatense, yo tomaba mate para espabilarme y para estar, también, en buena sintonía. Les acompañaba en espíritu, pero también, tomando el papel de chamán, les sugestionaba un poco. Fueron unas horas divertidas.

Todo cambió a la tercera hora. Eran ya las nueve pasadas y atardecía. Entonces estaban Vicente restregándose boca arriba con la hierba, Vero cantando lo que decía que era el sonido de la naturaleza y Víctor observando el otro lado del riachuelo, muy ensimismado. Fue ahí cuando se levanta Vicente, con la camiseta blanca toda manchada del verdor del césped, y empieza andar mientras miraba al cielo, para después acelerar sus pasos y terminar corriendo. Se dirigía a la nada. Me levanté ipso facto y salí detrás suyo.

-¡Quédense ahí! -les ordené a los otros dos, antes de que entrase en la vegetación.

No fue larga la carrera (ninguno de los dos estábamos muy en forma), pero aún así la persecución se prolongo sus quinientos metros campo a través, cuando Vicente se detuvo de golpe para mirar fijamente al cielo. Me acerqué a él y le tomé del hombro.

-¡Las luces, Bruno! -me dijo totalmente fuera de sí- Se han ido por ahí... ¿Dónde estarán?

 -Se habrán ido a un lugar mejor. Ven, volvamos- le contesté.

A trompicones emprendimos el camino de vuelta, ya que cada pocos pasos volvía la cabeza en búsqueda de las luces. Como casi había anochecido del todo, no podíamos retrasarnos mucho más, así que terminé convenciendo a Vicente de que las luces volverán a encontrarle solo si se queda exactamente donde estaba.  Mi táctica pareció funcionar, y pudimos regresar con normalidad, pero al llegar vimos que algo no iba bien. Víctor se había ido.


-Se fue a explorar -me dijo suavemente Vero con sus enormes pupilas, perdidas en la oscuridad, clavadas en mí.

La noche era total, y, en medio de la desesperación (nervios de mantequilla), lo primero que les dije fue que se quedaran quietos un momento mientras iba a buscar las linternas en la tienda. A pesar del estrés, dicha tarea no fue difícil ya que las había dejado bien a mano, per si de cas. Así que le di una a ellos y la otra me la quedé para emprender la búsqueda de Víctor. Antes de partir, les ordené una vez más que no se movieran bajo ningún concepto y empecé a caminar.

Regresé a los diez segundos porque eso era una muy mala idea. Se me había ocurrido una un poquito mejor: Cogí la navaja (después de cinco minutos rebuscando en mi mochila) y corté una de las cuerdas que anclaban la tienda al suelo. Acto seguido, até la cuerda a una de las muñecas de cada uno de mis amigos drogados, conmigo. Marchamos, en definitiva, como niños de cuatro años, en fila india, todos unidos por la mismo hilo para que no nos separásemos más. A través de la oscuridad en mitad de la montaña, dividirnos no era una buena opción. Menos si estás drogado.

No se me ocurrió nada mejor.

Nuestra búsqueda duró media hora y no obtuvimos respuesta alguna. La cooperación de Vero y Vicente no era la mejor tampoco, mientras una seguía buscándole el sonido a la naturaleza, el otro miraba furtivamente el firmamento. Lo cierto es que tampoco quería andar demasiado porque A: Tal y como íbamos, temía de que alguno de mis forzados acompañantes terminara estampándose con el suelo o desmayándose en el camino; y B: La visión era nula y, por consiguiente, era probable que nosotros también acabásemos perdidos. Además era el propio Víctor quien conocía (o decía conocer) el terreno, y de perderse alguien, mejor él que nosotros. No obstante acabamos igualmente perdidos y tardamos, a parte de los treinta minutos de búsqueda, como otros noventa en regresar a la tienda.

Olvidé mencionar que fui un poco estúpido al dejar la tienda sin ninguna luz que pueda servirnos como guía para regresar. Gracias a ello, tuvimos que buscar el riachuelo (mi único punto clave de orientación), fiarnos de que ese era el nuestro, fiarnos de que esa era la dirección que teníamos que tomar y confiar en el azar. Afortunadamente tuvimos suerte, pero no fue del todo gracias al azar sino que hubo algo más. Oímos un ruido, un apagado grito que nos llevó directamente a nuestro campamento.

Llegamos por fin y me desaté en cuanto pude. Sobre el pareo, justo donde había empezado todo, allí estaba, la silueta de Víctor que se me acercaba a mí.

Le enfoqué con la linterna y comprobé lo que más me temía: su estado.

Estaba completamente desnudo y húmedo. Partes de su cuerpo hasta estaban embarradas, pero no había rastro de herida o moretón que indicase haber sufrido lo suficiente como para gritar lo que antes escuchamos. Se acercó con cara siniestra, pupilas completamente dilatadas aún. Entonces, muy despacito y susurrando me contó su secreto.

-Bruno, he atrapado a un duende.

-¿Qué me estás contando Víctor?

-Está en la tienda.

Miré entonces la tienda de campaña y la iluminé con la linterna. En efecto, había algo dentro que la movía. Me giré ciento ochenta grados y comprobé que mis otros dos compañeros, que parecían, por fin, aserenarse de los efectos del ácido, seguían ahí. Había pues algo que no formaba parte de nuestro grupo metido dentro de la tienda.

Me acerqué a la puerta, envainé la navaja, tomé una distancia prudente y abrí de golpe la cremallera.

Una silueta se protegió los ojos ante la luz de la linterna. Entonces mi corazón dio un vuelco y de mi mano dejé caer la navaja. Ante mí, entre los sacos de dormir, un pobre chico con síndrome de down preguntaba por su familia. Me giro y veo a Víctor, desnudo, sonriente al lado mío.

-¿Has visto? He capturado a uno grande.

-¿Pero cómo...?

De repente, un helicóptero de la policía interrumpió el momento, colocándose justo sobre nosotros y empezando a alumbrar nuestra tienda de campaña. También se comenzaba a escuchar el ladrido de perros. Vicente, que minutos antes parecía haberse aserenado, cegado por el foco, empezó a gritar:

-¡Las luces, las luces! ¡Aquí estoy para que me llevéis con vosotros!

El pobre chico, por su parte, seguía lamentándose en la tienda. Sollozaba en silencio, aún con el trauma de que un hombre desnudo, con las pupilas dilatadas, lo había forzado a ir desde su campamento de Asindown hasta una perdida tienda de campaña.Un secuestro en toda regla, a la mano de tres jóvenes drogados, uno de ellos -recalco- desnudo. Por suerte, para él, la historia terminaba.

Para nosotros, en cambio, acababa de empezar.