viernes, 6 de septiembre de 2013

Buen Camino

Era de noche cuando el peregrino por fin llegó al templo. Había pasado los últimos años de su vida viajando por todo el mundo, pero no había nadie para darle la bienvenida. Adentro, la oscuridad reinaba en el vestíbulo de piedra, solo unas velas desgastadas y muy tenues iluminaban, en un rincón, la única mesa de la sala. Se acercó y comprobó que en ella había un libro de firmas donde cada viajero pasado había escrito o firmado. Leyó algunas firmas anteriores con atención y sin pensárselo dos veces, cogió la pluma y se dispuso a escribir.

Primero pensó en relatar brevemente su experiencia, ya que después de tanto tiempo tenía cientos de anécdotas guardadas con cariño en su memoria. Había caminado por el desierto de Atacama durante una lluvia de estrellas; había cruzado el estrecho de Bering a pie cuando este, gracias al hielo, puede ser transitable; había recorrido la peligrosa carretera Srinagar en Cachemira; o había sido testigo de la danza de las ballenas en el báltico. Como estas, muchas historias había en su cabeza, pero sin embargo ninguna palabra fue capaz de articular sobre algo de esto en el libro de firmas.

Respiró un poco y llegó a la conclusión de que quizás podría escribir algo más filosófico, redactar una breve reflexión o atreverse con algún consejo. Y es que durante su travesía había charlado con los monjes lamas en el Tíbet; había presenciado curas milagrosas de un chaman wólof; o había vivido de primera mano las masacres e injusticias a lo largo de todo el mundo. Pero de entre todo lo que aprendió, nada pudo contar por escrito en ese libro.

Hizo una breve pausa y se le ocurrió entonces que podría aprovechar las palabras para mostrar agradecimiento a aquellas personas que le habían ayudado en todo momento. Recordó a las tres mujeres de las cuáles él se había enamorado en su periplo y en la hija que había tenido con una de ellas; se acordó también de aquellas personas bondadosas que le habían acogido cuando él peor lo pasaba; y concibió, incluso, en agradecer a los monjes del propio templo. Sin embargo cuanto más pensaba, más nombres imprescindibles se le venían a la cabeza de modo que, finalmente, ninguno pudo ni supo escribir.

Abatido, el peregrino dejó la pluma en la mesa, agachando la cabeza muy resignado ante una misión imposible. No se lo podía creer, tantas experiencias y sabiduría adquiridas de un viaje tan largo y tan pocas (o ninguna) palabras para expresar nada en un miserable cuaderno. Sentía impotencia. En su interior sí que había razonamientos o sentimientos para transmitir, pero los medios, las palabras, no aparecían. El cansancio podría haber sido la causa de esa falta de inspiración, pero el peregrino estaba convencido de que había algo más profundo que ignoraba. Empezó a recordar su viaje desde el principio y tramo por tramo fue avanzando hasta encontrar la solución a su bloqueo. Llegó así a su etapa vivida con los Brahmanes en Khajuraho, en el norte de la india, y recordó de ellos cómo había aprendido el arte de meditar. Cerró entonces los ojos, respiro profundamente y poco a poco vació su mente. Y de la nada de repente salió la luz.

Entonces volvió a coger la pluma. Después de tanto tiempo intentando como un idiota escribir unas palabras dignas que sinteticen y justifiquen su viaje, su pasado, se había dado cuenta ahora de que eso resultaba ser tarea imposible. Y es que supo finalmente que lo que quería transmitir, lo puro, se encontraba desperdigado en cada tramo del viaje, en cada uno de aquellos lugares en los que había vivido y respirado a lo largo de su odisea. Buscarlas para plasmarlas en esa libreta no era más que un viaje imposible al pasado. Un pasado al que ya no podía acceder, pero que sin embargo le marcaba inexorablemente el presente. Se había dado cuenta, en definitiva, de que las palabras eran el pasado, y de que él mismo no era más que su propio camino. Serenamente escribió dos palabras, soltó el plumín y abandonó la mesa.

Tan atrás quedaban ya sus vivencias, sus trayectos, sus viejas formas de ser, sus aventuras, sus desventuras, tan atrás quedaba ya el cuaderno de visitas y sus palabras escritas "Buen camino". Tan atrás quedaba todo.

Seguía siendo de noche cuando el peregrino salió del templo a mirar las estrellas.

martes, 13 de agosto de 2013

Lutece

Esto se está poniendo incómodo
tú ves cara,
y yo veo cruz.



Entre nosotros observamos la misma moneda
pero en distinta perspectiva:
cara, cruz;
vivo, muerto.

No es ni suerte ni azar,
sino pura probabilidad
y simultaneidad.
Todo es probable
y ocurre
al mismo tiempo.

Cambiar de perspectiva es casi como montar en bicicleta
(nunca se olvida)
solo hace falta valor para subir a bordo.

Por eso no pienses en "cómo"
si la pregunta jugosa es "cuándo".

domingo, 23 de junio de 2013

El Ser y la nada

El cielo se encontraba nublado y el fuerte viento le golpeaba la cara, dificultándole así la vista del paisaje: un océano gris, embravecido, que se extendía de monte a monte abarcando de esa manera, todo el horizonte. El Ser bajó entonces la mirada y contempló como el iracundo oleaje arremetía contra la piedra caliza, erosionándola y moldeándola a imagen y semejanza del caos del mar. La sal perfumaba su rostro, cada vez que las olas mas grandes le salpicaban la cara con gotas de agua gélida y el ruido atronador de la marejada contrastaba con el silencio de las gaviotas, personas, o cualquier otra forma de vida. El ser sabía que se encontraba solo y diminuto, rodeado por esa infinita e inmensa nada. Y sintió vértigo.

Le angustiaba sentir vértigo, pues era una nueva sensación en él. De pequeño siempre, solo o con amigos, se arrojaba al agua de cabeza desde las rocas más altas, nunca había sentido vértigo, pero esta vez era diferente. Aterrado, se giró para observar de nuevo aquella cueva oscura donde había habitado y malvivido demasiado tiempo. Un agujero húmedo que emanaba un olor hediondo que provenía de esos restos de gaviotas y cangrejos de los que había sobrevivido en su estancia en aquella cueva. De repente, el cielo se despejó y el sol iluminó su maltrecho cuerpo después de varias semanas de oscuridad. Entonces, el Ser alzó la mirada y contempló con una sonrisa al cielo, sabiendo que ya estaba todo claro. Ahora, por fin, lo entendía todo. Retornó al borde del acantilado, volvió a mirar al abismo y comprendió que su vértigo no era un miedo a las alturas, sino que era un miedo a la posibilidad, un miedo a la libertad.

El paisaje se había apaciguado, la nada se sometió por un instante al Ser. Era el momento. Sin pensárselo dos veces, cerró los ojos y se arrojó al acantilado en dirección a las erosionadas y afiladas piedras. Mientras caía, sintió por última vez el rocío de la espuma y el olor de la sal marina. Entonces, el ser abrió los ojos y los brazos, desplegando así las alas que había construido con plumas de gaviota y alzó el vuelo en dirección al sol y más allá.

Ya no importaban ni las piedras afiladas, ni el viento, ni el oleaje. El Ser era un todo, y volaba serenamente sobre aquella nada que se extendía de monte a monte, abarcando así todo el horizonte.

Siempre libre.

sábado, 15 de junio de 2013

Tanto

Aprieta fuerte al respirar,
siento presión por dentro.
Tengo tanto para dar,
mi cuerpo se queda pequeño.

domingo, 2 de junio de 2013

Gente del río

Vengo 
de donde hay un río
y a veces llego a soñar 
que   nado   veloz   en   él,
casi siempre      a contracorriente,
comiéndome        todo lo que pase
-no  voy  a   negar  mi  voracidad-
en esas marrones aguas de llanura 
(todo  tan  limpio  como  embarrado).
Cuando me apetece  muerdo  anzuelos
(siempre    lo    hago    conscientemente)
para   ver  como   es   todo   allá   arriba
y  mirar  al  sol  a  la  cara,  sin  asustarme.
No   suelo preocuparme por el pescador
que      después     de     una       fotografía
me   libera   para   continuar  mi  marcha
(casi siempre, insisto, a contracorriente)
No voy a la mar, sino al origen.
Llámala  montaña,
llámala fuente,
poco importa
ya que siempre pasa lo mismo: 
que cuando casi llego, me despierto de esta magia,
algo       triste,       pero        convencido       al      menos
 de que los Lucios                                      somos peces de río.



(Y              vivimos             y           soñamos             para           seguir           nadando)