martes, 13 de enero de 2015

Tiempo de victorias

Me verás caer como un ave de presa, 
como Aníbal a las puertas de Roma,
me verás caer sobre sueños fugaces.
Pero me verás volar entre niebla salvaje
-aquellos fantasmas; cementerio de elefantes-
seré la flecha inexorable que a tu talón apunta.
Seré aquella muerte dulce que tanto ansías.
Me refugiaré en ti mientras todos descansan.
Y te prometo victoria antes de que salga el sol,
dormir entre mis piernas; otra vuelta a empezar.


domingo, 11 de enero de 2015

La Femme

Los exámenes invernales habían acabado y la ciudad se vació completamente. Como en tantas otras ciudades universitarias, la vida de Salamanca dependía casi íntegramente de la universidad y sus estudiantes, así que, cuando esta cierra, por las calles no queda casi nadie.

No me preguntes por qué, pero no sé con qué pretexto tomé la decisión de quedarme allí durante el breve periodo vacacional de febrero. Con todos mis amigos y conocidos fuera, pasé aquellos días solo conmigo mismo. Durante esa época, me comporté de una manera que muchos calificarían como "extraña": Apenas abrí la boca en varios días; Comía cuando tenía hambre; Dormía cuando tenía sueño. Mi horario se deformó de tal manera que llegó un día en el que me acosté y me levanté de noche.

Aproveché mi soledad para hacer lo que más me gustaba, que por entonces eran aficiones pasivas como leer, ver películas o dar paseos nocturnos. Salía de vez en cuando a pubs, pero no era cosa habitual puesto que por emborracharme, prefería emborracharme en casa. Frecuentaba lugares más tranquilos: Tuve la suerte de que, pasada la primera semana, encontrara un café que habría toda la noche no muy lejos de casa. Ahora mismo no recuerdo el nombre, porque después de esos días sencillamente dejé de ir, pero era un espacio pequeño que constaba básicamente de una barra. La música era de buen gusto y el sonido no resultaba ni muy tranquilo ni muy molesto. Ahora que lo pienso, creo que lo que verdaderamente me gustó de aquel sitio era el hecho de que el camarero no procurara meterse en mi vida. Nos respetábamos. Nos entendíamos bien, tanto que había noches en las que no necesitábamos emplear palabra algunas para poder comunicarnos.

A la séptima u octava noche (o por ahí) entró en aquel café una chica con un libro. Se sentó también en la barra y se pidió un té. Sus movimientos eran elegantes (rasgo que descubrí más tarde), pero no pertenecía a ese tipo de chicas que llamara mucho la atención, sino que prefería ocultarse en la discreción. Al igual que yo, apenas se comunicaba verbalmente con el camarero, por lo que deduje que era asidua al lugar (esto también lo confirmé más tarde). No obstante poco me acuerdo de ella la primera noche. Solo que leía. Ciencia ficción.

Pasaban los días y a la misma hora, ella acudía religiosamente con sus libros de ciencia ficción. A medida que avanzaba el tiempo me empecé a fijar en ella, y de lo primero que me sorprendí fue en la celeridad con la que ella devoraba estos libros, que no solían durar más de dos días. Un día aparecía con alguno de Lem, otro con relatos de K. Dick o de Dneprov, Asimov no podía faltar, Huxley, Saparin... Variaba constantemente de autor, de estilo y de formato.

La mujer se convirtió finalmente en una motivación más para ir al café. Cada noche ambos nos sentábamos en el mismo sitio que el día anterior y pasábamos las horas sin mirarnos ni hablarnos en ningún momento. Pero sin embargo nos sentíamos. Estaba cómodo. Me bastaba así. Era así. 

El último día que la vi, ella salió del café a la hora que solía hacerlo pero olvidándose sobre la barra una edición antigua de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. Tardé un rato en darme cuenta, pero conforme descubrí aquel libro abandonado allí, salí a la calle sin ponerme la chaqueta corriendo en búsqueda de su propietaria. El camarero ni se sorprendió ni me dijo nada.

Afuera hacía frío y la niebla era densa. Desde que los estudiantes se fueron de la ciudad, la niebla se espesó y no hubo desde entonces (que yo recuerde) noche sin niebla en la Salamanca de aquel mes de febrero. Por mi parte, entre calles vacías, corrí de una forma automática, y apenas sentía el frío que debería de haber sentido. Improvisé un camino, y doblé con seguridad por donde tenía que doblar. Finalmente me alejé bastante del café, pero pude encontrar a aquella mujer en mitad del puente de piedra romano. No sé si fue por suerte o qué, pero allí estaba, sola, y miraba al río de donde proviene la niebla. Al verla, frené mis pasos y respiré lentamente. Me situé a su lado y no le dije nada, no quería profanar aquel momento. Ella fue quien empezó.

"Puedes quedártelo, pronto me marcho" Me dijo con tono sereno, como si conociese mi mente desde siempre.

"¿Quién eres?" le pegunté sin ocultar la vergüenza y el asombro.

La chica, la mujer, se quedó un rato callada meditando las palabras adecuadas. Entonces apartó por fin la vista del horizonte y me miró, por primera vez, a los ojos. Esto lo recuerdo bien: eran grandes, hermosos y negros. Sonreía, segura, elegante. Era una diosa.

"Vengo de la luna" me contestó, para después girarse y seguir cruzando el puente.

Atónito, no supe cómo reaccionar, como de costumbre. Y me limité a ver como se alejaba sobre el puente hasta desaparecer entre la bruma.

El día siguiente fue el día más claro que hubo en semanas, y la ciudad vacía de Salamanca pudo volver entonces a ver las estrellas y la luna. Luna llena. Yo volví aquella noche al café con el libro, aquella y varias noches más. Pero ella no volvió a aparecer jamás en el café. Le pregunté finalmente al camarero, que me miró con cara de no saber nada. No sabía como sentirme.

Abrí el libro de Bradbury, que ella me había olvidado. Empezaba con esta cita:
 
-Es bueno renovar nuestra capacidad de asombro -dijo el filósofo-. Los viajes interplanetarios nos han devuelto a la infancia.




Leí un poco y me fui temprano a casa. Las clases volvían a comenzar a la mañana siguiente.

Ser guineano en tiempo de exámenes

El fútbol moderno (el fútbol mediático, el fútbol espectáculo de hoy en día) es poco más que un circo de villeros, canis o Robertos multimillonarios (gente idiota en general) que se dedican divertir a todo el mundo cuando se juntan para patear una pelota en un prado. Un prado rodeado por miles de personas. Podría expresarme de manera mucho más extensa y justificada, pero no dedicaré mi tiempo a hacerlo simplemente por un motivo: esto es así. Punto. Y como esto es así, y como por más que me esfuerce, solo soy un eslabón vulgar del pueblo, de la plebe, no puedo evitar seguir este juego (y todo lo que le rodea) como el que más. Lo reconozco: desperdicio muchas horas al día mirando como unos villeros, canis o Robertos patean una pelota cada fin de semana.

Y sin embargo, este espectáculo, que es el deporte mediático de alta competición, también tiene sus partes bonitas y poéticas, sus partes que molan. Un ejemplo banal, estúpido, pero que me ha divertido mucho, fue ver las listas de jugadores seleccionados para la próxima copa de África, que se celebrará en unos días en Guinea Ecuatorial. Como gran procrastinador (y friki) que soy, hace un rato me dediqué a ver las diferentes selecciones para ver si era capaz de reconocer, al menos, un jugador de cada país. Casi lo consigo, y descubrí como en esta competición algunas selecciones han optado por un claro cambio generacional (como la casi siempre decepcionante Camerún), mientras otras apuestan por un espíritu más moderado y conservador (como la eterna favorita Costa de Marfil).

Vale, malgastas mucho el tiempo de manera estúpida, Lucio ¿Pero dónde caralho está lo chido de todo esto?

En casa, en Guinea Ecuatorial.



Un equipo en el que el capitán, Juvenal, juega en un equipo de Andorra. Sorprende además el hecho de que esta veterana emblema es periodista ocasional, y no es nada malo. Otro detalle a destacar de este equipo memorable, es que una de sus jovenes promesas se llama Rubén Darío (justo ahora que lo tengo, ¡ojo! al autor no al futbolista, como lectura obligatoria para el próximo examen). Pero esto no acaba ahí, el bueno de Darío juega en un equipo que se llama, atentos, "Leones Vegetarianos" ¿Se puede ser más guay? Ya quisieran Zidane, Messi o Ronaldo... o el propio Rubén Darío (autor), ser la mitad de molón que él. El fútbol moderno no tiene nada que hacer contra el fútbol modernista que practican los Leones Vegetarianos.

¿Qué más pueden ofrecernos los grandes anfitriones de esta procrastinante Copa África 2015?

MUCHO:
Igor Engonga, defensor, 20 añitos ¡toda una joya papá! juega en otro equipo de nombre molón: Tropezón. Sin duda, los rivales que quieran marcar un gol se tendrán que tropezar con el bueno de Igor (por cierto, gran nombre). Destacar a sus compañeros Evuy y Mbele que juegan en Leones Vegetarianos. #Respect

Carlos Martín "Charly", centrocampistas, 29 años (jugador en su plenitud futbolística) juega en Gibraltar. Seguro que el bueno de "Charly" (siempre con comillas) pudo haber elegido otros destinos pero eligió jugar en Gibraltar porque dificilmente hubiera elegido un destino más guay (que no mejor) para poder patear una pelota.

Otro veterano: Iván Zarandona (que no sarandonga) juega en el Rangers FC, pero no el bueno (el escocés), sino en el que más mola (el Rangers FC de Hong Kong). No, no hay versión en inglés de su web ¿Pa' qué?.

Iván Bolado, 25 años, jugador clásico de la liga española y ex-superestrella del Racing de Santander, ha optado por jugar en la Superliga de la India. Un mito de lo molón.



Me podría pasar toda la noche con esto, pero no necesito más motivos para explicarles porque mola tanto esta Guinea Ecuatorial. Jugarán horrible, es probable, no llegarán a nada, es seguro, pero juegan en casa y hoy se han ganado a un nuevo seguidor. Desde la distancia les alentaré como el que más como buen ecuatoguineano (¿se dice así?) de adopción que desde ahora soy. El 19 de enero comienzan los exámenes, pero me da igual, aquí estaré dándolo todo por Guinea Ecuatorial y las otras pocas cosas molonas que sobreviven en el fútbol moderno.

PD: Por si fuera poco, el entrenador de este equipo es Argentino. Chau, mi vida por fin tiene sentido.

lunes, 17 de noviembre de 2014

El tanguero

Juan Pablo Uberti, Juampi para los amigos (dos vivos, cinco muertos), cumplió 71 años en abril. No lo celebró con nadie, ni contestó a ninguna de las siete llamadas de sus ocho hijos. La llamada que nunca recibió fue la del mayor de ellos, Lautaro Uberti, debido al odio secreto que siente hacia el viejo Juan Pablo. Según lo que contó el grande de los hermanos Uberti a su terapeuta: dos de sus cinco grandes problemas de vida vienen de su padre. El terapeuta, lógicamente le contestó a su inquietud de la misma manera que todos los terapeutas hacen: "vuelva la semana que viene".

A parte de el propio Lautaro y, por supuesto, de su terapeuta. Todo esto oficialmente lo sabe Belén, la fiel esposa de Lautaro y Mirna, la fiel peluquera de Belén. Extraoficialmente, sin embargo, lo sabe toda la familia del terapeuta, incluido sus hijos pequeños, principales encargados de contar las desgracias del pobre Lautaro a medio patio de recreo del colegio público Mariano Moreno. A estos niños podríamos no contarlos, ya que la versión oficial, al pasar de boca en boca, queda, como no, algo deformada. El mismo criterio podríamos emplear con las clientas de la peluquería "Belleza". Mirna, al ser su peluquera de confianza, solo contó las desgracias del señor Uberti a sus clientas Clotis, Gladis y Agnes, quienes se han callado estas cosas menos Agnes que se lo contó una vez a las vecinas en un minuto de silencio realmente incómodo. Justificable.

Pocos, oficialmente, saben las desgracias de Lautaro, pero aún menos personas saben que el viejo Juan Pablo sí celebró su cumpleaños. Lo hizo solo en su rancho de 75 metros cuadrados perdido en el Gran Buenos Aires, acompañado por su cotorra enjaulada Pamela y por su gato Mosho, quien permaneció toda la jornada escondido en una caja de zapatos. Si a Juan Pablo se le hubiese ocurrido reprochar a su gato tan lamentable actitud en el día de su aniversario, Mosho hubiera alegado en su defensa, que al menos no había salido a la calle aquel día. Lógicamente esto no pasó: ni Juan Pablo notó la impertinencia de su amigo felino, ni Mosho adquirió de repente destreza legal propia de un juez para poder defenderse ante semejante demanda.

Desconsideraciones felinas aparte, Juan Pablo sí celebró su cumpleaños. Y lo celebró porque técnicamente cumplió los tres requisitos fundamentales a la hora de celebrar su cumpleaños: Que realmente haya cumplido años; Que haya invitado a algunos de sus seres queridos (En este caso tanto Pamela como Mosho hicieron acto de presencia); Y que haya soplado las velas, pidiendo un deseo, en una digna tarta de cumpleaños.

En efecto, la tarta que el propio cumpleañero había preparado con dos días de antelación era bastante digna y apropiada: Tenía tres de las cinco cosas que al viejo Juan Pablo más le gustaban en el mundo. Las dos cosas que faltaban en la tarta no estaban simplemente porque eran objetos intangibles. Era imposible meter en una tarta el gol de Maxi Rodriguez contra México en el mundial del 2006 y menos, todavía, era posible meter la "Fuga 9" de Piazzolla en un bizcocho. Por suerte, las otras tres cosas que más le gustaban en el mundo sí cabían en un pastel. Estas eran, en orden de preferencia ascendente, las siguientes: Dulce de leche, chocolate y palomas.

Sí, adoraba las palomas, pero solo cuando se las podía comer. En este caso competía gusto con Mosho, quien desde su caja de zapatos le observaba con todo el recelo y envidia que un gato inexpresivo puede sentir. Juan Pablo ignoraba esto, simplemente se concentraba en masticar cada porción de pastel lentamente, saboreando cada pluma y huesito que se encontraba en el bizcocho. Si no había invitado a nadie más a su cumpleaños, era en parte para no compartir nada de su apetitosa comida.

Su relación con las palomas, contrariamente a lo que creen algunos, viene de cuando Juan Pablo conoció el LSD a finales de los sesentas en la chacra de su amigo Félix. Ellos, junto a tres amigos más, se metieron cartón y medio de ácido en sus cuerpos para realizar la estúpida búsqueda de su yo interior. Aunque a dos de los chicos el LSD no le subió, a Uberti le resultó tan estimulante que no solo se encontró a sí mismo, sino que además vio a su animal astral: una majestuosa paloma. Cegado por el éxtasis psicodélico, Juan Pablo optó por la delicada opción de comerse a su propio animal astral. Y, más allá de la diarrea durante tres días (Cuentan que lo que en realidad comió fue fango del arroyito), lo que sintió el entonces el melenudo Juan Pablo fue amor a primer saboreo.

Así de lento, y así de igual probaba un nuevo bocado de su merecida tarta de cumpleaños. A pesar de haberse zambullido en el placer una vez más, una lágrima, de repente empezó a cruzar su mejilla hinchada de comida. Se vio a sí mismo solo, el día de su cumpleaños, en una chacra de 75 metros cuadrados perdida en el gran Buenos Aires, ignorado por su amado gato, comiendo algo asqueroso y  alejado completamente de los siete hijos que, aún con todo, todavía le seguían queriendo. Notó entonces que algo importante se le había escapado: se había equivocado de deseo al soplar la vela. Había dejado escapar la oportunidad de su vida, otra vez.

El viejo Juan Pablo guardó entonces el sobrante en el frigorífico y tomó la decisión tajante de vivir un año más.

martes, 21 de octubre de 2014

Camino a casa

Me tocó conocer al mar como océano.
Me tocó descubrirlo desde el ojo de buey,
y observar en él series ondulantes de promesas
e infinitas sucesiones borrascosas de dudas.
Cuando cumplí los nueve me subieron a un avión
y entre los aires desaparecí para siempre.
Después de eso fui argentino, después español.
Y aunque pude ser catalán o alemán,
para el español siempre seré argentino
y para el argentino siempre seré español.
Desde esta orilla solo se ve el horizonte
y mientras espero un mensaje en la botella
solo ansío nadar y perderme en la inmensidad.

Nadie me había avisado cuando cumplí nueve:
El desarraigo no es algo que tenga solución.