lunes, 12 de noviembre de 2012

Curioso

Pedro Páramo nunca fue ni bueno ni malo, siempre fue así de humano. Poseía una existencia tranquila, sin ningún sobresalto de relevancia y, además, tenía una vida cada vez más estable. Cada vez más estable porque a medida que pasaban los años, la experiencia le ayudaba a evitar los errores producidos por el pasado. Hasta ahí podríamos decir que era normal. Lo que no era normal en él, sin embargo, era que a Pedro Páramo el hecho de errar era algo que le obsesionaba, le aterraba. Nunca se supo cuantas veces se arrepintió de algo, pero lo que sabríamos decir era que de cada error pasado, solo sabía sacar una cosa: sufrimiento.

A la edad de 40 años le ocurrió algo insólito.

Se había levantado tarde, tenía prisa y sabía que el tren no le iba a esperar. Sin despedirse ni siquiera de su mujer (él lo ignoraba, pero este hecho significaría uno de los errores más importantes de su vida), salió a paso ligero por la calle lluviosa. No pasaron ni treinta segundos hasta que descubrió que se había olvidado tanto de las llaves de casa como del paraguas. El despiste del paraguas fue lo que en principio le agobió, no obstante desconocía que el verdadero problema fue olvidarse de las llaves, pues será su mujer quien, unas horas después, le niegue acceso a su propia casa dejándolo tirado así bajo la lluvia un martes por la noche. Todo esto lógicamente lo desconocía, lo que no era lógico es que este problema nunca lo conocerá.

Agobiado, atormentado y mojado gracias a la ausencia de paraguas, Pedro Páramo nunca supo que seis pasos más hacia delante un coche le iba a atropellar de forma letal. Y nublado por su arrepentimiento avanzó  inexorablemente hasta un paso antes de su muerte. Y es que justo cuando se disponía a dar el siguiente paso, algo mágico sucedió: el sexto paso jamás existió.

El tiempo se detuvo, el coche a toda velocidad había quedado congelado, las gotas de lluvia pétreas adornaban el la atmósfera y la cara de terror de Pedro como una estatua había quedado. Lo único que se movía en el mundo en ese instante, eran sus pensamientos, su mente, su miedo, su muerte... y su "suerte". 

"Suertudo" fue porque el sexto paso nunca fue el sexto, sino el cuarto, y el séptimo jamás fue el séptimo sino el tercero. Y así hasta que el mundo dio cinco pasos hacia atrás, y todo volvió a la normalidad... durante un paso. Un paso que de poco sirvió porque los cinco siguientes también fueron hacia atrás. 

Pero mientras el mundo se embarcaba en un entrecortado retroceso eterno, el pensamiento de Pedro Páramo seguía de manera lineal y en diversas ocasiones intentó avisar a los demás de su gran problema pero sus esfuerzos poco servían ya que cinco pasos más atrás sus acciones se desvanecerían en un futuro que él jamás volvería a tener. 

Este fue el castigo de Pedro Páramo, revivir lo que había vivido, al revés sí, pero sin poder cambiar nada. Y es que cada error cometido, para su sufrimiento, lo volvió a revivir con la impotencia de no poder cambiar algo que cinco pasos más tarde quedaría en el futuro inalcanzable.

Fue así como no pudo evitar volver a discutir con su esposa la noche anterior, a fallar a su hija en su obra de teatro, volver a discutir con su mejor amigo en la última noche de copas y volver a insultar al camarero del restaurante al que acudía asiduamente. Todo porque lo que intentaba solucionar por un momento, cinco instantes más atrás sus buenas intenciones quedaban manchadas por lo que realmente sucedió. Comprendió así como su futuro se convirtió en su pasado, un pasado inexorable porque todo lo que iba a pasar ya había ocurrido.

Y retrocedieron dentro de ese ritmo entrecortado los días, después las semanas, meses y años. Y, aunque su pensamiento seguía la perspectiva lineal, los cinco pasos hacia atrás hacían rejuvenecer tanto su cuerpo como su mente. Por lo tanto, a cada paso que daba, cinco retrocedía, y cinco pasos más joven era y de otra perspectiva más jovial revivía sus errores que tanto le atormentarán en el futuro. Fue así como empezó a comprender, con el  retroceder del tiempo, que ninguno realmente fue para tanto. Y fue ahí como en ese momento, cambió su maldición por una gran oportunidad.

Dejó a un lado sus errores y los pasos que tenía que dar hacia delante, los daba sin duda alguna solo para retroceder otros cinco, centrándose así en volver a disfrutar por vez primera esas viejas sensaciones. Así, zambulléndose de cabeza entrecortadamente hacia el pasado, volvió a sentir bello en su cabeza, volvió a sentirse joven, volvió a disfrutar de sus abuelos, volvió a saborear el bochornoso primer sexo y el incierto primer beso, volvió a enamorarse alocadamente de alguien y a llorar de risa con sus viejos amigos.

Y mientras retrocedía, sus dientes se metieron para adentro, y otros de leche los reemplazaron alzándose del suelo en dirección a su boca. Era un niño volvió ser niño, volvió a pensar y a soñar como un niño. Volvió a ser Pedrito. Volvió a sentir la grandeza de ser pequeño, cada vez más pequeño. Y su mente se empezó a nublar.

Sus recuerdos del futuro poco a poco se difuminaron y no pasó mucho tiempo antes de haber dado los cinco pasos anteriores a su primera palabra clara. Y entre laguna y laguna cada vez retrocedía moviéndose de manera cada vez más torpe y pesada, llorando sin sentido y cayéndose al revés cada vez con mayor frecuencia hasta que...

Era de día, el cielo estaba muy azul y la gente mayor retrocedía de un lugar al otro arrastrando maletas. Y Pedrito Páramo en brazos de su padre, notaba como las saladas lágrimas le entraban en sus ojos, hasta que este le dejó en el suelo. Entonces el bebé se acercó para abrazarle una vez más pero su esfuerzo fue en vano, porque para su sorpresa, dio un paso hacia atrás, y su padre también. Y luego uno y luego otro y luego un tercero, y  mientras tanto su padre entraba de espaldas a un tren transformando su mirada de grata sorpresa en un cara de circunstancias. Finalmente Pedrito dio otro paso hacia atrás y se sentó en sitio cómodo: el de su cochecito. Entonces sentado miró hacia arriba y sonrió a su madre.

Estaba listo para dar el primer paso. El primero de muchos.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Ramificaciones

Zao Feng estaba colocado enfrente de la entrada del laberinto Rojo, una infraestructura tan antigua como imponente, construido a partir de setos bermellones colocados sobre un suelo de mármol. A su lado solo estaba el sabio que le había acompañado y quien le tenía que examinar de lo que sería su última prueba de valor.

-Recuerda, no pienses. Simplemente déjate llevar por tu instinto y en todo momento haz lo que te diga tu espíritu. -dijo el viejo- Te recuerdo que solo tendrás una oportunidad y que a cada paso que des no habrá vuelta atrás. ¿Alguna pregunta?

-¿Maestro, estaré solo en el laberinto?

-Mi estimado Zao, físicamente estarás solo pero tendrás que convivir con las opciones que a lo largo del camino rechaces. Recuerda, solo hay tres cosas que jamás vuelven atrás...

-La palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida, maestro.

-Has aprendido bien joven Zao. Sé que lo harás bien. Adelante, te esperaré a la salida.

Y sin decir nada el chico a paso lento e intentando mantener la respiración profunda se adentró en el laberinto. Sabía que la ansiedad era su peor enemigo pues esta le llevaría a tomar el camino erróneo, cosa fatal pues no podía jamás en dar vuelta atrás.

Esto lo comprobó nada más entrar al laberinto, pues nada más penetrar en él se dio la vuelta y notó que la puerta ahora era un muro de seto rojizo que crecía a su espalda a medida que el mismo joven avanzaba. Miró al cielo de la tarde y continuo de la manera más tranquila que pudo hasta la primera bifurcación.

Izquierda o derecha.

Entonces cerró los ojos y meditó por un instante.

Derecha.

Así que avanzó por ese camino pero algo raro notó con el rabillo del ojo: una sombra a su izquierda. Ladeó su cara y descubrió que aquella sombra no era más que él, Zao Feng, tomando el camino de la izquierda con un muro de setos que crecía, al igual que a él, en la espalda. 

"Trucos de los sabios" se dijo a si mismo y continuó con su travesía hacia la siguiente bifurcación. Cerró los ojos.

Izquierda.

Y volvió a notar que un alter ego, se dirigía al camino opuesto tomando así un rumbo diferente. 

Fue así como siguió avanzando y avanzando durante horas. Y a medida que avanzaba más se cansaba, más dudaba y más arrepentía de no haber tomado los caminos rechazados. Entonces ya de noche, calló cansado de rodillas al suelo.

"seguro que los otros ya han llegado a la salida mientras yo sigo avanzando cual caballo solitario por la estepa" Pensó. Después lloró. Después durmió.

Cuando se despertó, el sol naciente brillaba. Y con la misma duda e inseguridad siguió con su travesía hasta la siguiente ramificación. Esta vez eran tres sendas.

Centro.

Y mientras entraba por el camino central se giró de un lado al otro para ver a sus otras imágenes que penetraban los caminos de la izquierda y de la derecha. Ellos, como si de meros reflejos se tratasen, también le miraban con el mismo aire melancólico, de nostalgia por algo que no han vivido, por algo que no podrán vivir.

Fue ahí cuando Zao lo comprendió trodo y siguió andando esta vez a paso firme, casi corriendo, hacia las nuevas ramificaciones.

Izquierda.

Y a medida que avanzaba...

Derecha.

menos importancia le daba a sus reflejos...

Derecha.

y más convencido estaba de que el camino que estaba tomando...

Izquierda.

era el correcto.

Y fueron Izquierda, Centro, Derecha, Centro e Izquierda hasta que finalmente divisó que en el próximo cruce solo tenía una opción: la puerta de salida. En ella solo se podían ver dos cosas: la silueta del ocaso en el horizonte y una figura que le esperaba, era el maestro. Entonces nada más alcanzarle, Zao calló delante de él de rodillas y en un éxtasis de júbilo echó a llorar de felicidad

-Lo conseguí maestro, lo conseguí... -Dijo al cabo de unos minutos tras limpiarse las lágrimas con la manga. 

-Y permíteme decirte que lo has hecho estupendamente, Zao Feng.- Contestó el sabio con una sonrisa de par en par.

-Me... me dejé guíar por mi espíritu y conseguí superar el laberinto por el camino correcto... aun no me lo puedo creer, oh gran maestro.

El anciano le ofreció un jarro con agua que el joven bebió con mucho gusto. Y poniéndole su mano en el hombro le contestó:

-En efecto, has elegido la senda correcta puesto has elegido a aquella que realmente has querido con el corazón sin sentir remordimientos por haber abandonado las otras posibilidades.

Pero había una cosa que el joven no podía olvidar.

-Y sin embargo no estaba solo, las sombras...

-Siempre estuviste solo -interrumpió con calma el viejo- no obstante todas esas sombras que has visto no eran más que meros reflejos de lo que pudo haber sido y de lo que no fue. Caminos rechazados que fueron los elegidos desde sus perspectivas, sombras que ignoraron tu propia versión de tu propio destino.

-¿Y qué fue de ellas?

-Todas han salido por esta misma puerta y se han desvanecido con el sol. Todas antes que tú.

- ¿Significa acaso que fracasé? -comentó Zao preocupado.

-No podías estar más equivocado, ya te he dicho que has elegido el sendero verdadero, y no es otro que el que has deseado. Y te quiero mencionar que el hecho de haber marchado por la vía correcta no significa que ésta tenga que ser estrictamente la más larga, simplemente te dejaste llevar y tu espíritu te llevó por ese camino.

-¿Y ahora qué me espera?

-Te espera un banquete por todo lo alto que ya están preparando... Enhorabuena, no podía estar más orgulloso de ti.

-Muchas gracias maestro.

-Ahora ni soy tu maestro ni tú eres mi alumno. Ahora somos lo mismo.

Y los dos juntos regresaron al templo, sin mirar atrás.

martes, 30 de octubre de 2012

Etiquetas de cerveza

La atmósfera era pesada, la gente abundaba y la humedad pululaba por ese antro de poca monta al que íbamos siempre. Le tenía en frente, mirando a la mesa. Hacía un buen rato que había terminado su cerveza y ya jugueteaba con los papeles de la etiqueta ensimismado pero centrado en lo que tenía en mente. Yo mientras tanto esperaba su respuesta.

-De acuerdo...- me comentó finalmente mirándome a la cara.

Sin querer creérmelo le contemplé de arriba abajo y, en efecto, tanto el timbre de su voz, como sus ojos y su expresión no engañaban. Por primera vez en su vida iba en serio.

-Hagámoslo pues. Mañana a las doce, en el paseo- le contesté.

Asintió, nos levantamos y nos fuimos. Una vez más sin pagar.

Al día siguiente no acudió. Lo volví a ver en el bar más tarde, por la noche, sentado solo en la mesa de siempre arrancando la etiqueta de la cerveza ya consumida. Me siento en frente suyo, como siempre.

-Me fallaste... nos fallaste.

Entonces levantó tímidamente la mirada y la apartó en seguida, como si yo fuera un monstruo. Algo le preocupaba y mucho, lo notaba.

-¿Qué ocurre?

-Tengo miedo. - dijo casi susurrando.

-Si lo de esta mañana no era algo de riesgo alguno.

-No, no es eso.

Estaba tan ensimismado como siempre pero tan inseguro como nunca. Tenía que saber qué ocurría.

-¿Entonces qué es?

Miró entonces de un lado a otro y se acercó cuidadosamente a mí que por mero acto reflejo acerqué el oído a su cara.

-¿Por qué nunca nos dicen nada en este bar si siempre nos vamos sin pagar?

-Te equivocas, tú te vas sin parar, yo nunca pido nada. Tú en cambio pides siempre la cerveza.

Entonces levantó la mirada y más cerca al oído me susurró algo aun menos audible.

-¿Me has visto a mí alguna vez beber cerveza o solo me has visto arrancar las etiquetas de una cerveza vacía.?

De repente el ruido del ambiente se ahogó en la gravedad, las luces se atenuaron y la muchedumbre se ralentizó y entremezcló convirtiéndose así en un puré de presencias apagadas.

-¿Qué me quieres decir?- Dije efectuando la pregunta del millón.

-No existimos. No somos de este mundo.

-¿Cómo?

-Es sencillo: No nos relacionamos con nadie que no seamos nosotros, nadie nos hace caso ni nosotros a los demás, apenas dormimos, el mundo parece cambiar constantemente y el tiempo se comporta de una manera extraña sin que a nosotros ni siquiera nos importe. No existimos por lo tanto, al menos en este mundo. Es algo que me lo plantee mucho esta tarde, y es ahora mismo lo que creo... lo que siento.

No lo pude evitar, y, para su sorpresa me reí durante un buen rato. Le di una palmada en el hombro y le expliqué la realidad.

-Mira, ya sé que estás atravesando un mal momento y que a veces se te va un poco la olla, pero si  necesitas algo sabes que estoy aquí, que para eso somos hermanos. Tuvimos una infancia dura y por eso no nos relacionamos con tanta gente, y aun así seguimos teniendo a otras personas como a papá y a mamá. Otra cosa es que tu a veces no contactes con ellos, deberías volver a verles de hecho.

-Pero...

-¡Ni pero ni nada! tú te vienes mañana conmigo que he quedado a comer con ellos, como en los viejos tiempos ¿Qué te parece?

Y el ambiente volvió a acelerarse.

Ya entonces, la atmósfera era pesada, la gente abundaba y la humedad pululaba por ese antro de poca monta al que íbamos siempre. Le tenía en frente, mirando a la mesa. Hacía un buen rato que había terminado su cerveza y ya jugueteaba con los papeles de la etiqueta ensimismado pero centrado en lo que tenía en mente. Yo mientras tanto esperaba su respuesta.

-De acuerdo...- me comentó finalmente mirándome a la cara.

Sin querer creérmelo le contemplé de arriba abajo y, en efecto, tanto el timbre de su voz, como sus ojos y su expresión no engañaban. Por primera vez en su vida iba en serio.

-Hagámoslo pues. Mañana a las doce, en el paseo- le contesté.

Asintió, nos levantamos y nos fuimos. Una vez más sin pagar.

viernes, 26 de octubre de 2012

Construyendo una entrada

Para construir esta entrada primero necesito que Fefo Torco no pierda el pedigrí.
Para que Fefo Torco no pierda el pedigrí necesito que lo lleves al veterinario.
Para que lo lleves al veterinario, necesito que uses mi coche.
Para que uses mi coche necesito que lo recojas al autolavado.
Para que lo recojas al autolavado necesito que lleves mi carnet.

Pero como no puedes llevar mi carnet porque tengo que ser yo quien lo recoja,
no puedes ir al autolavado a recoger el coche
y por lo tanto no puedes usarlo
y por lo tanto no puedes llevar a Fefo Torco al veterinario
y por lo tanto no puedes evitar que Fefo Torco pierda el pedigrí
y por lo tanto no puedes hacer que yo construya esta entrada.

Ojalá fueses yo, para poder ir a recoger el coche al autolavado
y así podrías usarlo para llevar a Fefo Torco al veterinario
y así  Fefo Torco jamás perdería su valioso pedigrí.
¡Ojalá fueses yo para que me permitieses construir esta entrada!

Roja pasión

Tormenta otoñal,
cascada de sangre,
dos besos al aire
tus ojos brillantes,
un morado en el brazo
y mi corazón aun late
si me bloqueas el vazo
borracheras y discusiones
miradas perdidas
duras emociones
un cambio constante
tu presencia letal
y yo sin saber amarte
en mi  una loca emoción
y en ti una roja pasión.

Ven.