domingo, 2 de agosto de 2015

El duende

Mi historia con el duende se remonta al verano de 2015 en Parque Patricios, al oeste de la reserva natural de Peñagolosa, Comunitat Valenciana. Iba en el Corsa de mi padre junto con mis mejores amigos: Vicente Rodríguez, Verónica Boquete y Víctor Casadesús, la triple V. Era yo quien conducía, no solo por ser el coche de mi padre (en realidad no me importaba que ellos lo llevaran), sino también porque el azar así lo dictó. Días atrás nos habíamos reunidos en el chalet de Vero, en Jérica, y mientras tomábamos el sol en su piscina, cada uno tiró un dado. A mí me salió el uno y, por tanto, me tocó conducir, pero también me tocó ser el acompañante sobrio que cuidara de ellos durante su viaje de LSD, que planeábamos hacer en Parque Patricios. Me quería cortar las pelotas, más que nada porque era yo quien ponía el coche, y era yo quien más le interesaba esta aventura (o por lo menos quien había manifestado más interés). Pero así lo acordamos, y, sin manifestar toda la desilusión que llevaba conmigo, acepté la suerte. Alguien tenía que hacerlo.

El LSD lo había conseguido Víctor a través un amigo de su tío. Decía que era bueno. No dio más detalles.

Después de dos horas y media conduciendo y una hora y media caminando, siguiendo a Víctor, que "conocía la zona", llegamos a un lugar lo suficientemente apartado y lo suficientemente bonito. Éramos conscientes que lo que hacíamos era puramente ilegal, sobretodo el hecho de acampar en un parque natural; pero no éramos tan estúpidos como para llenarlo todo con basura, o hacer una hoguera que pueda incendiar la sierra completa. Simplemente éramos lo suficientemente estúpidos como para drogarnos en la montaña. Lejos de todo el mundo.

Decidimos establecer el campamento en un claro a la orilla de un pequeño río. Vicente afirmaba que era un afluente del Millars. Yo creo que Vicente no tiene ni idea de ríos. Así pues, instalamos la tienda de campaña Quechua de dos compartimentos que mi padre había comprado hacía 10 años, cuando las tiendas que se abrían solas eran ciencia ficción. Total, tardamos otras dos horas, pero finalmente pudimos montar todo el chiringuito que nos permitió un baño de recompensa en el agua helada del presunto afluente del Millars.

Yo disfruté. Todo lo que no tenía nada que ver con la droga era una alegría para mí, pero casi eran las cinco de la tarde y sus mentes ya demandaban el viaje astral. Así que abrimos el pareo, que colocamos en la hierba con sus pertinentes snacks y refrescos, y, sobré él, cada uno tomó su correspondiente cartón con ácido. Miré mi reloj y calculé que, desde ese momento hasta que se les bajara los efectos de la droga, pasarían más o menos 6 horas. Mientras conversaba con ellos, en ese instante previo a que la droga acapare el consciente de cada uno, hacía cálculos para mis adentros que desembocaban en una preocupante realidad: Durante, al menos, una hora, tendría que hacerme cargo de ellos bajo la más completa oscuridad.

Pasaron cuarenta y cinco minutos cuando a Vero se le dilataron los ojos. Fue la primera. Empezó a reírse instantáneamente y a observar todo con los ojos bien abiertos, con pupilas de búho. Diez minutos después le tocó a Vicente y, poco después, a Víctor. Los tres se quedaron completamente enajenados observando el paisaje bucólico que nos rodeaba. Para mí, durante esos momentos, era entretenido verles cómo intentaban hablar sin que supieran articular casi ninguna palabra; ver cómo su boca se desincronizaba completamente con su cerebro. Parecía que a mitad de frase se les ocurrieran algo más interesante o divertido para comentar, y cortaban completamente de manera muy cómica. Como buen ríoplatense, yo tomaba mate para espabilarme y para estar, también, en buena sintonía. Les acompañaba en espíritu, pero también, tomando el papel de chamán, les sugestionaba un poco. Fueron unas horas divertidas.

Todo cambió a la tercera hora. Eran ya las nueve pasadas y atardecía. Entonces estaban Vicente restregándose boca arriba con la hierba, Vero cantando lo que decía que era el sonido de la naturaleza y Víctor observando el otro lado del riachuelo, muy ensimismado. Fue ahí cuando se levanta Vicente, con la camiseta blanca toda manchada del verdor del césped, y empieza andar mientras miraba al cielo, para después acelerar sus pasos y terminar corriendo. Se dirigía a la nada. Me levanté ipso facto y salí detrás suyo.

-¡Quédense ahí! -les ordené a los otros dos, antes de que entrase en la vegetación.

No fue larga la carrera (ninguno de los dos estábamos muy en forma), pero aún así la persecución se prolongo sus quinientos metros campo a través, cuando Vicente se detuvo de golpe para mirar fijamente al cielo. Me acerqué a él y le tomé del hombro.

-¡Las luces, Bruno! -me dijo totalmente fuera de sí- Se han ido por ahí... ¿Dónde estarán?

 -Se habrán ido a un lugar mejor. Ven, volvamos- le contesté.

A trompicones emprendimos el camino de vuelta, ya que cada pocos pasos volvía la cabeza en búsqueda de las luces. Como casi había anochecido del todo, no podíamos retrasarnos mucho más, así que terminé convenciendo a Vicente de que las luces volverán a encontrarle solo si se queda exactamente donde estaba.  Mi táctica pareció funcionar, y pudimos regresar con normalidad, pero al llegar vimos que algo no iba bien. Víctor se había ido.


-Se fue a explorar -me dijo suavemente Vero con sus enormes pupilas, perdidas en la oscuridad, clavadas en mí.

La noche era total, y, en medio de la desesperación (nervios de mantequilla), lo primero que les dije fue que se quedaran quietos un momento mientras iba a buscar las linternas en la tienda. A pesar del estrés, dicha tarea no fue difícil ya que las había dejado bien a mano, per si de cas. Así que le di una a ellos y la otra me la quedé para emprender la búsqueda de Víctor. Antes de partir, les ordené una vez más que no se movieran bajo ningún concepto y empecé a caminar.

Regresé a los diez segundos porque eso era una muy mala idea. Se me había ocurrido una un poquito mejor: Cogí la navaja (después de cinco minutos rebuscando en mi mochila) y corté una de las cuerdas que anclaban la tienda al suelo. Acto seguido, até la cuerda a una de las muñecas de cada uno de mis amigos drogados, conmigo. Marchamos, en definitiva, como niños de cuatro años, en fila india, todos unidos por la mismo hilo para que no nos separásemos más. A través de la oscuridad en mitad de la montaña, dividirnos no era una buena opción. Menos si estás drogado.

No se me ocurrió nada mejor.

Nuestra búsqueda duró media hora y no obtuvimos respuesta alguna. La cooperación de Vero y Vicente no era la mejor tampoco, mientras una seguía buscándole el sonido a la naturaleza, el otro miraba furtivamente el firmamento. Lo cierto es que tampoco quería andar demasiado porque A: Tal y como íbamos, temía de que alguno de mis forzados acompañantes terminara estampándose con el suelo o desmayándose en el camino; y B: La visión era nula y, por consiguiente, era probable que nosotros también acabásemos perdidos. Además era el propio Víctor quien conocía (o decía conocer) el terreno, y de perderse alguien, mejor él que nosotros. No obstante acabamos igualmente perdidos y tardamos, a parte de los treinta minutos de búsqueda, como otros noventa en regresar a la tienda.

Olvidé mencionar que fui un poco estúpido al dejar la tienda sin ninguna luz que pueda servirnos como guía para regresar. Gracias a ello, tuvimos que buscar el riachuelo (mi único punto clave de orientación), fiarnos de que ese era el nuestro, fiarnos de que esa era la dirección que teníamos que tomar y confiar en el azar. Afortunadamente tuvimos suerte, pero no fue del todo gracias al azar sino que hubo algo más. Oímos un ruido, un apagado grito que nos llevó directamente a nuestro campamento.

Llegamos por fin y me desaté en cuanto pude. Sobre el pareo, justo donde había empezado todo, allí estaba, la silueta de Víctor que se me acercaba a mí.

Le enfoqué con la linterna y comprobé lo que más me temía: su estado.

Estaba completamente desnudo y húmedo. Partes de su cuerpo hasta estaban embarradas, pero no había rastro de herida o moretón que indicase haber sufrido lo suficiente como para gritar lo que antes escuchamos. Se acercó con cara siniestra, pupilas completamente dilatadas aún. Entonces, muy despacito y susurrando me contó su secreto.

-Bruno, he atrapado a un duende.

-¿Qué me estás contando Víctor?

-Está en la tienda.

Miré entonces la tienda de campaña y la iluminé con la linterna. En efecto, había algo dentro que la movía. Me giré ciento ochenta grados y comprobé que mis otros dos compañeros, que parecían, por fin, aserenarse de los efectos del ácido, seguían ahí. Había pues algo que no formaba parte de nuestro grupo metido dentro de la tienda.

Me acerqué a la puerta, envainé la navaja, tomé una distancia prudente y abrí de golpe la cremallera.

Una silueta se protegió los ojos ante la luz de la linterna. Entonces mi corazón dio un vuelco y de mi mano dejé caer la navaja. Ante mí, entre los sacos de dormir, un pobre chico con síndrome de down preguntaba por su familia. Me giro y veo a Víctor, desnudo, sonriente al lado mío.

-¿Has visto? He capturado a uno grande.

-¿Pero cómo...?

De repente, un helicóptero de la policía interrumpió el momento, colocándose justo sobre nosotros y empezando a alumbrar nuestra tienda de campaña. También se comenzaba a escuchar el ladrido de perros. Vicente, que minutos antes parecía haberse aserenado, cegado por el foco, empezó a gritar:

-¡Las luces, las luces! ¡Aquí estoy para que me llevéis con vosotros!

El pobre chico, por su parte, seguía lamentándose en la tienda. Sollozaba en silencio, aún con el trauma de que un hombre desnudo, con las pupilas dilatadas, lo había forzado a ir desde su campamento de Asindown hasta una perdida tienda de campaña.Un secuestro en toda regla, a la mano de tres jóvenes drogados, uno de ellos -recalco- desnudo. Por suerte, para él, la historia terminaba.

Para nosotros, en cambio, acababa de empezar.

domingo, 26 de julio de 2015

Hombre pelícano

En un futuro recordarás aquellos veranos en los que vivíamos a menos de treinta y cinco grados; cuando el mar no era este jacuzzi abarrotado de medusas. En un futuro extrañarás los vientos de tramontana o levante, o cualquiera que no sea el secador de pelo que cada día soportamos. Todo esto lo rememorarás, o lo verás en tus sueños; estará solamente en tu cabeza. Y en mi cabeza. 

En un futuro quizás tengas nostalgia de lo jóvenes que una vez fuimos, y de cuando caminábamos juntos por la playa, quejándonos de lo que hoy aceptaríamos sin dudar. Hasta puede que llores, eso ya no lo tengo claro. Pero da igual, todo esto estará en tu cabeza.

En un futuro te acordarás de esta habitación bañada de sangre. Pensaste que no podían sobrevivir, pero lo hicieron y tuviste que acabar con ellos de manera definitiva. Aquellas bocas que no quisimos alimentar ahora dejarán de cuestionarte, para siempre. Sin embargo, mirarás atrás y aparecerán. Pero no serán reales; solo estarán en tu cabeza. Míralos, ahora son simples manchas sangre y después no serán nada. Han fallado en lo único que no toleramos: Cortarnos las alas; apagar nuestro motor en movimiento. No les dejamos, no les perdonamos, no les recordaremos. Somos pelícanos, recuerda, somos hombres pelícano.


sábado, 18 de julio de 2015

La gran mentira

A ciento veinte kilómetros por hora iba el coche de Fredy Hinestroza en el momento en el que sucedió el fatal accidente. Un vuelco completo, un golpe contra la ladera de la montaña, un accidente letal. Fredy Hinestroza acabó destrozado, pero aún tardó unos minutos en fallecer. Unos minutos de silenciosa agonía, marcada por el metálico sabor de la sangre. Boca abajo. Sabía que iba a morir y que nadie lo podía ayudar en mitad de aquella carretera nacional un martes a las cuatro de la madrugada.

Freddy contemplaba el horizonte oscuro que, poco a poco, cada vez más se acercaba. Murió de manera patética, un apagado instantáneo, intentando asimilar su situación, sin pensar en algún posible milagro que lo salvara del fin, o en sus numerosos seres queridos.

Pudo haber pensado en sus padres, que bien de niño lo habían apoyado en todos sus intereses, deseos y aficiones; pudo haber pensado en su novia quien, al despertarse en unas horas, lo primero que haría sería enviarle un whatsapp de buenos días; pudo haber pensado en su grupo de amigos de toda la vida, con quienes salía a beber cervezas todos los viernes por la noche; pudo, incluso, haber pensado en sus más de quinientos amigos de Facebook, con quienes en algún momento había compartido, en mayor o en menos medida, momentos importantes de su vida.

Pero lo cierto es que murió solo y de manera patética, porque falleció sin que nadie le conociera de verdad. Esa fue la gran mentira: Lo que el era Fredy Hinestroza para los demás distaba mucho de lo que era en realidad.

Los padres que tanto le apoyaban y querían, solamente conversaban con él una vez a la semana. Prácticamente el tema central de sus charlas giraba en torno a la relación problemática de estos con otros parientes, que paradójicamente Fredy apenas conocía. Fredy solo les escuchaba, con frecuencia sin prestar demasiada atención, ya que a este todo esto le importaba más bien poco.

Con la novia, por su parte, mantenía una conversación vacía. El afecto y cariño era evidente, pero sus charlas básicamente se centraban en el contarse lo que hacían cada día a todo momento. Se conocían a la memoria la rutina del otro, y, como todo lo interesante que les ocurría se lo contaban a través de mensajes, en el cara a cara apenas se comentaban los argumentos de las series que veían juntos cuando no estaban besándose. Podría decirse que hablaban tanto que al final poco se decían.

Más de lo mismo con los amigos, con quienes compartía tantos gustos en común que, al final, provocaba que toda comunicación entre ellos girara en torno a trivialidades, que en ningún caso eran importantes para Fredy más allá de las risas que se hacía con ellos cada vez que salían.

Todos ellos veían a Fredy Hinestroza como un tipo sencillo, alegre, con sus virtudes y sus defectos. Pero nadie con algún problema, sino más bien un hombre feliz, con su trabajo, familia, novia y amigos. Una imagen no muy diferente a la que tenían los más de sus quinientos contactos en facebook de él y de sus fotos de fiestas o vacaciones en La Manga.

Fredy murió solo, tan solo como se había sentido en los últimos siete meses. Y no solo eso, Fredy tampoco fue un hombre feliz. Pero de eso nadie se dio cuenta, porque Fredy simplemente habrá decidido evitar transmitirlo, o, si lo hizo, quizás nadie habría estado atento a su demanda. Quizás, entre sus allegados, ninguno era la persona idónea para poder ser su confidente; quizás Fredy era socialmente incapaz de transmitir este tipo de cosas, o de encontrar el momento justo para ello.

¿Pero cuánto hubiera cambiado de haber sido lo contrario?

El legado que deja Hinestroza no es otro que el recuerdo de un hombre bueno que vivió (de manera fugaz, eso sí) lo que muchos denominarían una vida plena. ¿Habría ayudado a estas personas saber que este era, en realidad, un hombre tan atormentado como lo fue? Quizás su muerte fue un suicidio, pero quizás el se quedó dormido o iba borracho. La cuestión es que su profunda tristeza nadie la conoció y se murió con él un martes a las cuatro de la mañana.

Al día siguiente, sus padres, su novia, su grupo de amigos de toda la vida y otras personas cercanas se reunieron en el velatorio para mostrar su pésame. Entre anécdotas y buenos recuerdos empañados por la tristeza, ninguno de sus seres queridos sospechó siquiera que el legado que Fredy Hinestroza les había dejado no era más que una imagen modificada por lo que cada uno habían visto y conocido. Una imagen que poco se acercaba a lo que era su realidad. Todo fue una gran mentira. La mentira más hermosa de todas.






jueves, 9 de julio de 2015

Derecho de pernada

Ruperto Alatriste, archiduque de Emerita Augusta (AKA Meryland), como en el resto de viernes-noche de su vida adulta, se encontraba a bordo de su carruaje Ford Fiesta, rumbo a Pachá, en búsqueda de lo que hacía todos los viernes noche, cuando montaba a lomos de su ford-fiesta: Reclamar su derecho de pernada.

Ruperto se había puesto las joyas de la corona (concretamente los oros en el cuello, y los dudosos diamantes en las orejas), se había peinado con toda la gomina que le quedaba en su bote casi-caducado, y se había sobre-perfumado con la popular fragancia Diesel. Se le podía oler, lo comprobé, a veinte metros a la redonda. Lo tenía todo: Ruperto Alatriste, archiduque de Emérita Augusta, se había puesto to reshulón. Empezaba por fin lo que tanto había esperado desde el último viernes noche.

¿Por qué le molaba tanto a Ruperto irse a Pachá Meryland todos los viernes a la noche? "¡Acho -contestó cuando le pregunté- no me ralles primo!". Más tarde comprendí la naturaleza de todo esto; dicho periplo suponía la más armónica unión de las dos actividades favoritas para un archiduque tan marchoso como era él: Ir de caza y reclamar su derecho de pernada. No obstante, estas dos acciones, mas bien podrían simplificarse en una: intentar folletear con la plebeya más jamona de Pachá Meryland.

Ruperto Alatriste era mi primo. Y esa noche yo estaba de copiloto. Iba a presenciarlo todo.

Mi relación con él pocas veces trascendió de lo estrictamente familiar, desde que éramos pequeños al menos. Por aquel entonces, cuando yo tenía seis y él ocho (o así) cualquiera del pueblo diría que éramos uña y carne. La liábamos parda siempre que podíamos y éramos la pesadilla de una familia que, por culpa nuestra, dormía siempre con un ojo atento a nuestras continuas gamberradas. Después, bueno, crecimos de manera diferente: mientras yo me empecé a interesar por la literatura, cómics y videojuegos, él se preocupó más por fumar porros a todas horas e ir al poli a por chicas. Ahora, apenas coincidíamos en el pueblo en verano, o en algunas de sus visitas a Salamanca. Sin embargo nuestra relación nunca dejó de ser familiar, por eso cuando me dijo "Eh Jota, ¿nos tomamos unas rallitas y nos vamos pa' Pachá a ligarnos unas mozas? Va, vente con el primo Rúper que hace un huevo que no nos vemos". No pude negarme a hacerlo.

Para Ruperto Alatriste la droga era importante; para mí, un poco menos.

Dicho y hecho: Tres rallas consecutivas del speed más barato que se pudiera conseguir en Extremadura corría por nuestras venas mientras conducíamos a toda pastilla. La música era lo de menos, porque la Máxima FM creaba en nuestras mentes un efecto totalmente redundante a lo que nos había provocado la droga. No sé cómo lo hizo, pero el archiduque Ruperto Alatriste, el primo del pueblo, me había contagiado en media hora su perpetuo ímpetu cani y su determinación para emprender tal noble misión, como es reclamar el derecho de pernada.

A Rúper le decían archiduque porque así se llamó siempre en el LoL.

Cuando por fin llegamos a Pachá Meryland, lo primero que sentimos al bajar del coche fue el olor del pis del botellón. "Primo, bienvenido a mis tierras" me dijo Ruperto Alatriste, archiduque de Emerita Augusta, aún con la nariz blanquecina por el speed. Abrimos el maletero, subimos el volumen de la máxima FM y empezamos a beber el botellón que habíamos preparado en casa: Vodka azul con red-bull. No preparamos mucho (solo llenamos una botella de fanta limón vacía) porque, según el primo, para estas cosas hay que estar lúcidos.

Entramos por fin a la disco, después de hacer la cola y pagar los pertinentes 15 euros que nos costó la entrada. Era la una de la mañana y la discoteca estaba bastante vacía "debimos habernos quedado más tiempo en la botellona" me gritó el primo en la oreja. Nos pusimos los sellos y salimos en búsqueda de las titis.

Vimos a un grupo de cuatro chicas; casualmente conocía a una de ellas de mi oscura etapa en el instituto. Se lo hice saber al archiduque y este infló el pecho, endureció sus brazos y empezó a caminar mecánicamente hacia el grupo de las tías para iniciar su cortejo. Conocedor de las técnicas de seducción, mi primo me utilizó como 'abridor' para entrar a las chicas: "Eh chicas, a mi primo se le ha caído el inhalador y es asmático ¿Lo habéis visto por aquí?". Al principio algo preocupadas por el asunto, no tardaron en tranquilizarse y ponerse a hablar con nosotros. Odié a mi primo durante un buen rato (la de mi instituto apenas me reconoció, solo un "Tu cara me suena de algo, ¿o soy yo?") y su forma estridente de ser... no hacía más que sentir rechazo hacia cada una de ellas.

Al rato, sin embargo, llegaron dos hombre más altos, más atléticos y más guapos que mi primo y que, por supuesto, yo. Los 'alfa' se olvidaron de saludarnos y se llevaron al rebaño de chonis dentro de la discoteca, que parecía llenarse. "Tenemos que volver, tenía una a huevo, primo". Y volvimos.

Dentro allí estaban, y bailamos Danza Kuduro con las dos que no se encontraban morreándose con los dos maromos de antes. Eran, con diferencia, las menos atractivas del grupo. A mi primo le pareció importarle más bien poco (¿se había metido más droga?). Yo me fui a la barra para aprovechar mi consumición.

Pasé quince minutos allí hasta que la camarera se dignó a atenderme y a servirme un sucedáneo de gin tonic, sin limón y con un dedo de ginebra. Mientras bebía aquella cosa en la barra, oteé el horizonte en búsqueda de mi primo. De repente, sentí una palmada fuerte en mi espalda: Era el Adri, otro amigo del pueblo. Lo recordaba con cariño, porque era de los pocos niños que también disfrutaban con los cómics como hacía yo, sin embargo, su mudanza hizo que perdiésemos el contacto. Ahora estaba igual, pero con cincuenta kilos más de músculos, diez gramos más de gomina, y dos millones de neuronas menos. "¡Ye loco! ¡Cuanto tiempo acho!". Le saludé brevemente y escapé a los baños en cuanto pude.

Cuando salí del aseo allí estaba Ruperto Alatriste, en la puerta del de las mujeres. "Primo, misión conseguida. Tengo a una en el baño, así que cuando salga nos vamos a casa ¿o prefieres bailotear un poco más?".

Le dije que ya era suficiente bachata por hoy.

Pasaron treinta minutos cuando 'su chica' salió de ahí. Me enteré semanas más tarde que a esa chica le decían Fiona. No la conocía de nada: lo único que supe de ella fue que algo raro le ocurría en su estómago, ya que el vómito que dejó en el coche de regreso a casa terminaba en sangre. No soy médico pero eso no parecía normal. Me dejó Rúper finalmente en la puerta de mi casa, tras haber hecho tres rodeos para evitar los controles de alcoholemia. Solo habían pasado tres horas desde nuestra partida.

Me costó dormir aún por el poco speed que no había procesado mi cuerpo.

El archiduque Ruperto Alatriste, por su parte, ya estaría en su casa, haciendo el mínimo ruido posible para no despertar a su madre, contento de haber hecho efectivo, una vez más, lo que es suyo: el derecho de pernada.


domingo, 5 de julio de 2015

Vértigo de verano

Cuando bajó del autobús, lo primero que sintió el Graduado fue un vaho que le asfixiaba la boca. Ahora por fin había vuelto a la Ciudad-Verano, donde el calor, los ventiladores y cada uno de los cincuenta integrantes de la familia-mosquito, le esperaban ansiosamente. El graduado volvía, después de cuatro años, justo adonde empezó.

Todo le parecía muy paradójico y curioso: la ciudad que antes formaba parte de su zona de confort, ahora se alzaba como una ruina de misterios que convergían con vagos recuerdos. Volvía cuatro años después, pero, para él, era como si hubiesen sido cuarenta. El Graduado no solo era el mismo, sino que además había cambiado tanto que podríamos decir que nació en algún momento de esos últimos cuatro años; Por lo tanto, el Graduado nunca había pisado ciudad-verano. Lo había hecho otro.

Así, tras desempacar la segunda de sus cuatro maletas que cargó de Ciudad-Universidad a Ciudad-Verano, podríamos entender el porqué de su repentina decisión de quitarse la ropa y meterse en la bañera.

No era el sudor lo que se tenía que sacar. Era el vértigo.

¿Qué sentido tenía desempacar todas sus pertenencias (que poca cabida tenían en la casa de su padre)? ¿Cuánto iba a durar el verano? ¿Cuánto iba a durar él mismo en Ciudad-Verano? ¿Sería otra parada efímera o tendría que volver a construir una zona de confort?

Cerró los ojos y se dejó refrescar.

Ya de noche, observó desde la terraza las luces de Ciudad-Verano con el mismo vértigo, que en aquel instante se concretaba en dos hechos: Los ocho pisos que separaban su casa del suelo, y las tantas preguntas que no supo contestar durante los meses precedentes. Además, esta situación le recordaba claramente a cómo se sentía cinco años atrás, justo antes de decidir su marcha a Ciudad-Universidad. Sin embargo, ahora todo era diferente, ya que el Graduado nada tenía que ver con aquel que había empezado la aventura universitaria. El vértigo pues, se empañaba del verano, que era húmedo, y de su pelo, que era largo.

El verano del vértigo recién había empezado y el pronóstico auguraba una próxima ola de calor. Sabiendo todo esto, hizo lo mejor que podía haber hecho: Estrenar una libreta y empezar a arrugarla.

Quedarse en el suelo era morir en la lava.




Empezaba algo bueno.