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sábado, 14 de agosto de 2010

Tardalona 6

Primera parte:

·3 Dominique du Tardal.

Oh, ¡qué majestuosa era! ¡con qué fuerza brillaba en la oscura noche! Alucinante.

El bosque acaba y justo al final antes de empezar la montaña maciza me espera alguien con una antorcha. Veo, como era previsto, a uno de mis hombres, era un soldado.

-Oh, saludos monsieur Du Tardal, para algunos usted sigue siendo nuestro legítimo rey... usted se ha atrasado.

-Tuve un ligero problema de orientación, ¿alguna novedad?

-Sí, el rumor de su posible advenimiento ha llegado a Bordas. Bordas ha ordenado construir esa atalaya -Me la señala con el dedo, una torre situada a apenas 35 metros.- para asegurarse que nadie entre por tierra sin que él lo sepa.

-Hay que acabar con eso, bien ¿De qué esta hecha?, ¿Cuánto mide? y ¿Cuántos guardias hay en ella?.

-Es una atalaya de madera de doce metros de altura. Está custodiada por siete hombres: dos arriba y cinco en el puesto de abajo.

-Muchas personas, demasiadas, ¿alguno es de los nuestros?

-Me temo que no, monsieur.

-En ese caso habrá que derribarla. Quiero que mantengas distraídos a los de abajo mientras yo me ocupo de la torre en sí. Acérquese y charle con ellos, yo desde una posición prudente le lanzaré las bombas, -Saco un par de bombas redondas de un bolsillo de mi capa.- esto es más que suficiente. Me tendrás que dejar algo de fuego para detonarlas -De mi equipaje saco una especie de candelabro, me lo enciende, pero este candelabro es opaco y apenas emite luz alguna.- cuando oiga mi señal, corre.

-Entendido.- Se marcha hacia la torre.

Me acerco escondido a través de unos matorrales hasta una distancia idonea, el fuego estaba escondido en un candelabro opaco y mi hombre ya se encontraba conversando con los otros guardias. Dejo el candelabro opaco en el suelo, preparo las bombas al lado, espero un rato. Cuando considero que ya ha pasado el tiempo justo abro el candelabro enciendo las dos bombas a la vez y a medida que las lanzo grito "¡CORRE!".

La explosión fue colosal, la torre entera explotó en mil pedazos provocando también un pequeño incendio, creo que ahí adentro había unos cuantos toneles de pólvora. Esta explosión fue demasiado, quería ser discreto. He de aprovecharme de esta situación de confusión. Me abro paso hasta el distrito humilde, me esperan, oigo campanadas. Dios, llego tarde.

Llego a la plaza del pozo, que se encuentra justo unos cien pasos más abajo de la torre de la montaña, hay dos hombres vestidos de campesinos junto a una especie de carretilla de cuatro ruedas, un carro de carga, con unas pieles.

-Monsieur... ¡maldita sea! ¿qué carajo ha sido eso? -Señala el fuego de la montaña.- ¡Llega usted tarde!

-Lo sé, ¿Está todo preparado?

-Si, pero se acercan los hombres de Bordas, no podemos perder más tiempo, ¡Vamos! Métase.

Me meto con mi equipaje en esa carretilla que olía a carne muerta, estaba tapado por pieles y sentía un calor insoportable. Por lo menos es discreto. Nos movemos en cuesta abajo pero con lentitud pues sino llamaría mucho la atención y más a estas horas. En Tardalona está prohibido usar caballo a no ser que pertenezcas a las élites de la ciudad o seas un alto cargo militar (Una de esas bizarras medidas de Bordas). Suenan las campanadas, esto no es suficiente, tiene que haber otra forma. La pendiente se pone más pronunciada y mis hombres aumentan sus esfuerzos para
poder sujetarme, esto tiene que cambiar. Se escuchan soldados correr cerca de mí en dirección al incendio.

-Psss, eh soltadme. La calle ahora es todo recta hasta la catedral, no puedo tardar mucho más.

-Pero monsieur, se va a hacer daño, y hay muchos soldados.

-No, no me va a pasar nada, os lo prometo. Vamos, empujadme, ¡es una orden!

Asomo la cabeza fuera y veo decenas de soldados subiendo por la calle en dirección al incendio. Tenía tanta pendiente que había un tramo que no se podía ver, sólo veía una parte de ella y luego la imponente catedral. Casas humildes en los costados. Esto es una mala idea. Demasiada gente, demasiada pendiente. Cuando me giro para cambiar de opinión, veo como me alejo de ellos a velocidad creciente, caía en las garras de Tardalona.

La velocidad es abrumadora, el carro de madera tiembla, salta, chirría, se trata de una auténtica máquina infernal. En el camino tropiezo con unos cuantos soldados sorprendidos por el incendio y por esto. Todos los que se cruzan en mi camino, perecen aplastados. A alguno le da tiempo a sacar su fusil y disparar al carro, pero no ocurre nada. El carro corre y corre, me acerco a la catedral. En la puerta de la catedral me espera un pequeño batallón de soldados en formación con sus rifles apuntándome, ilusos. Me sueltan una ráfaga, no ocurre nada. A la segunda ráfaga salto del carro con mi equipaje, doy un par de vueltas carneras en el suelo y me levanto. La potente inercia del carro producto de cientos de pasos en una pendiente muy pronunciada acaba con casi todos los guardias que apenas tuvieron tiempo de reaccion (Carro pesado de madera más velocidad descomunal es igual a muerte subita). Me voy corriendo en ese pequeño momento de desconcierto. Me encuentro cerca del Gat Negre, es casi la hora.

Entro, por fortuna aún no ha llegado, evadiéndome de cualquier tentativa y distracción, voy al grano a por el viejo tabernero.

-Hey,¿quieres cincuenta monedas de oro?.

-¿Cuantas cortesanas quieres?.

Abro mi equipaje y cojo un saco de monedas, Lo dejo encima de la barra. Justo en ese momento entra el chaval al que estaba esperando.

-No es eso, es algo muy sencillo. ¿Ves a este chico que está discutiendo con ese abuelo? Quiero que seas agradable y le hables de Marco Rosso, vive en la posada de enfrente. ¿Entendido?.

-Oído cocina. Ten, un poco de ron, invita la casa.-Coge el saco y me sirve un buen vaso cargado.

Me siento en un lugar discreto, allí me quedo observando. El chaval es justo como yo le recordaba. Parece ser valeroso, un hombre de honor, que haría cualquier cosa por salvar a su hermana, me será muy útil. Le compadezco. Al cabo de un rato se marcha (Mi plan está cuajando) y justo antes de que se fuara entra un viejo, un auténtico hombre, un pirata. El pirata no parece ser de aquí, me suena mucho su cara, creo que es una vieja gloria, un auténtico corsario, un viejo lobo de mar. Casi nada más entrar, inicia una pelea con el mesero, le está dando, y bien. Creo él le invitaré a que se una, podría colaborar. Vaya, he de irme, me distraje demasiado.

Entro en la posada, le pido una habitación al encargado. Me otorga la única que le quedaba.

-Está un poco sucia y tal, pero es la que hay.

-Bueno, es igual, es sólo para esta noche.

-Lo que usted diga señor, son dos monedas de oro.

-Aquí tiene.-Me marcho rapidamente.

-Oye, la puerta…

-Si si si, la cerraré bien si -Subo las escaleras apurado.

-La puerta no funciona muy bien -Murmura para sí el encargado.

Entro, dejo mi equipaje en la cama, cuelgo el saco del dinero, me siento en la cama (sí que parece sucia) y acto seguido escucho como alguien sale de la habitación de enfrente. Veo que es mi "invitado" quien sale de ahí. Le sigo hasta que arriba a su aposento.

-¿Ferran Corominas?

-Disculpe, ¿Le conozco? -Se gira, me mira de arriba a abajo.- ¿Quién eres tú?

-Soy un "amigo", sé donde esta su hermana. Ven conmigo, te lo explicaré.



FIN DE LA PRIMERA PARTE.

sábado, 31 de julio de 2010

Tardalona 3

·3



Sólo hay una cosa peor que ser viejo: ser viejo y encima ser pobre y soltero. Giro mi cabeza y donde antes había todo un navío con una brava tripulación siempre con ganas de marcha, ahora sólo hay una pequeña barcaza de transporte con sólo 2 personas a bordo. Miro a la cristalina agua y me veo reflejado en ella: Donde antes había un temido capitán con una espesa melena negra como la pólvora, ahora sólo hay un viejo canoso pirata fracasado, una vieja gloria que vive de las batallas del pasado.

Todo comenzó hace más o menos cuarenta años en Londres. Cuando era un crío escocés de 17 años recién llegado a Inglaterra, un vagabundo sin familia que dependía del crimen para sobrevivir. Ocurrió que un día me alisto en un barco de la corona en busca de aventuras y de una vida mejor. Era un navío grandioso y enorme, pero carecía de nombre.

Por aquel tiempo salían cientos de barcos hacia el nuevo mundo y nuevas tierras en el sur, pero la Corona no nos quería allí, nos querían en el mediterráneo, en las costas españolas para "incordiar". ¿Incordiar? Con el paso del tiempo me di cuenta de que estaba rodeado de psicópatas locos y asesinos y eso me encantaba. Adoraba robar, saquear barcos y puertos españoles. El imperio español concentraba casi toda su flota en el caribe y nuestra presencia en su misma casa les tocaba realmente los cojones jajaja.

Con el paso del tiempo llegué a ser el capitán del navío -y hay que decirlo- por mis cojones escoceses así de grandes. Lo primero que hice fue bautizar al barco con el nombre "My girl's pussy", que, ojo, fue elegido absolutamente democráticamente por toda la tripulación a bordo.

No tardé mucho en encontrar un refugio, un escondite perfecto que nos mantenían escondidos de los jodidos barcos de los españoles. ¿Os lo imagináis? ¿Un lugar desconocido para los españoles donde se pueda esconder un barco de cien metros de eslora con una tripulación de setenta hombres? era de locos. Situado en una bahía muy cerrada, casi una albufera, cubierta por espesa vegetación y respaldada por una auténtica muralla natural de montañas, hacía de ese sitio el lugar idóneo para nosotros. Lo llamé "El Picadero", vale no es muy original, ya lo sé, pero es lo mejor que se me ocurrió en ese momento. Fue en ese lugar donde nos abastecimos y guardamos el oro de unos cuantos años -creedme era mucho, pero que MUCHO oro- hasta que llegaron esos dichosos condes franco-catalanes.

Defendimos El picadero a muerte, bueno casi a muerte, pues en el fondo yo y todos los muchachos teníamos los días contados, y eso lo sabíamos. Estábamos cagados.

Una mañana, durante el asedio, me di cuenta que los hijos de puta de mi tripulación me habían abandonado -¡Malditos piratas!-. Por suerte, aunque estaba sólo, me encontraba con la mayor parte del oro entonces mientras revisaban el refugio en búsqueda de supervivientes me coloqué en un sitio discreto y empecé a cavar y a cavar y a cavar para guardar todo el oro que pude. Creo que cavé un hoyo de casi cinco metros de profundidad y enterré todo el oro que encontré allí.

Buscando un bote para poder escapar, me topé con nada más ni nada menos que con trece marineros españoles. Ahora viene lo bueno, lo que ocirrió es que me los cargué a todos, a cada uno, con la misma pala de excavar que había utilizado poco antes y me llevé sus credenciales como trofeo -soy muy fetichista para esas cosas-. Milagrosamente logré escapar. Lo único malo, es que no me hice ningún mapa para saber donde exactamente lo escondí, pequeño contratiempo.

Mi hazaña no pasó por desapercibida y, una vez fundada Tardalona, tanto piratas como civiles han buscado incansablemente mi tesoro pero ninguno lo ha encontrado hasta la fecha, por eso me gane el mote "the digger", pues no sólo al parecer hice un pozo muy profundo sino que mi anécdota de la pala y los marineros fue tan popular que recorrió y llegó a los siete mares. Ese mote me dotó de cierta popularidad.

Me fui lejos de allí, muy lejos, me fui al nuevo mundo, viví en el sudeste asiático, pero con el paso del tiempo he perdido vigor y me he hecho viejo y pobre.

Ahora que ya tengo, creo, alrededor de sesenta años, regreso a "El Picadero", ahora llamado Tardalona, una ciudad nueva para mí y para casi todos, a "cobrar mi jubilación", quiero vivir lo mejor posible en mis últimos años de vida.


Me llamo Dave "the digger" James y he venido a por mi oro.
Pero, oh, ¡cuánto a cambiado este maldito sitio! ¡MALDITA SEA! ¡¿dónde coño está?!

sábado, 24 de julio de 2010

Tardalona 1

-Dicen que por las noches, la pequeña ciudad antigua Tardalona, al igual que muchas ciudades, cambia. La que por día es quizás una de las ciudades más antiguas de Catalunya, por la noche se convierte en una ciudad silenciosa y siniestra donde la oscuridad se apodera de todas las calles una a una. La ciudad entonces se convierte en un lugar salvaje y peligroso donde los débiles se encuentran a merced de los más fuertes, es ahí entonces cuando reina la violencia, el crimen y el caos... y el ron por supuesto.

-Bah, ese infierno es un mito... Ya verás como no existe, he navegado por aquí un millar de veces y no he encontrado nada, NADA.

-Sigue navegando, yo te pago, no me cuestiones... Ajá! ¿Si Tardalona no existe, cuál es esa ciudad, esa que hay dentro de esa bahía o albufera?




·1



Tardalona es una municipio situado en algún lugar de la costa brava, escondido para todo aquel que no sepa llegar.

Tardalona era un lugar apto para el crimen, se encontraba en un lugar discreto y su localización estratégica la convertían en un escondite perfecto donde sólo se podía llegar por un estrecho sendero y por el mar. Al parecer un grupo de marineros errantes, piratas si lo preferís así, encontraron este sitio e hicieron de él su "picadero". Con el tiempo fue prosperando llenándose de criminales hasta que llegó, en 1614, desde Francia el conde catalán Francesc de Tardal.

Francesc de Tardal fue el primer noble en fijarse en este territorio tan estratégico. Mandó allí a toda su flota y, tras seis semanas de una durísima batalla, se hizo con la ciudad. Lo primero que hizo fue renombrarla según su apellido y levantar fortificaciones haciendo de este escondite una auténtica fortaleza infranqueable. Tras unas cuantas reformas básicas en el ámbito civil y urbana, Francesc de Tardal se construye su majestuoso palacio y vive allí unos veintitrés años, hasta la fecha de su muerte. En ese periodo de tiempo la ciudad experimente un gran auge económico.

Tras la muerte de Francesc de Tardal la pequeña ciudad queda en manos de Jan de Tardal. Jan de Tardal era una persona muy curiosa y vital y no tardó en abandonar su ciudad. Pero lo era de curioso como lo era de imprudente, pues fue él quien, un miércoles, dejó su localidad al segundo de su padre Pompeu Bordas.

Pompeu Bordas era un auténtico desastre. Era un joven arquitecto rechazado por la sociedad francesa debido a sus tres adicciones: el ron, la comida y las mujeres. Vivió exiliado como un vagabundo hasta que se encontró con Francesc de Tardal quien le ofreció empleo a cambio de viajar a su nueva ciudad. Fue él quien construyera los edificios insignea y organizara urbanísticamente la nueva ciudad de Tardalona. Con el paso del tiempo se hicieron muy buenos amigos hasta que el conde murió. Ansioso por tomar las riendas de esta ciudad fue él mismo quien apoyó a Jan de Tardal a marcharse de Tardalona.

Lo primero que hizo don Pompeu Bordas fue abrir unas nuevas quince tabernas, tres para cada uno de los cinco distritos de Tardalona (En realidad, lo que Pompeu entendía por taberna, era en realidad comida, ron y prostitutas bajo un mismo techo) y declaró que todos miércoles sea fiesta local, pues fue un miércoles el día que Pompeu sube al cargo de Tardalona. La alegría fue inminente, pero las risas y las carcajadas con el tiempo fueron tapadas por la corrupción y el olor a pis y a ron.

Fue en ese instante cuando empieza a haber en toda Europa un éxodo del crimen hacia Tardlona. Donde una vez había prosperidad ahora sólo hay corrupción y caos.

. . .

Corre el año 1645, me llamo Ferran Corominas, he venido para encontrar a mi hermana.